Ocupar ausenciasUna pareja plastaIndiscutiblemente, una película con Matthew McConaughey y Kate Hudson aburre a priori. Esto se puede calificar de prejuicio, de tirria profesional, de haber sufrido su otro tostón «Cómo perder a un chico en 10 días»... Pues sí: seguramente el casting haya juntado de nuevo a una de las parejas más plastas del Hollywood actual. Menudo currículum; entre los dos han perpetrado «Sahara», «Mamá a la fuerza», «Planes de boda»...

25.04.2008 | 02:00
Kate Hudson y Matthew McConaughey lucen palmito.
Kate Hudson y Matthew McConaughey lucen palmito.

«Cosas que perdimos en el fuego» está ocupada por una ausencia. Tras la muerte violenta de su marido (David Duchovny), Audrey Burke (Halle Berry) se ve empujada a acoger en su casa al mejor amigo de éste, un drogadicto llamado Jerry Sunborne (Benicio del Toro). Sin darse cuenta, Audrey intentará rellenar el vacío dejado por su esposo (en su cama, en sus hijas, en su vida) con Jerry. Al igual que incontables películas norteamericanas (recientes: «Yo soy Sam», «Esencia de mujer»), el nuevo largometraje de Susanne Bier funciona al servicio de un personaje central que rebaja aquello que le rodea. De esta forma, su apuesta por el tiempo fragmentado o por una realización literaria no basta para olvidar caracteres prototípicos (¿cuán idealizado puede llegar a dibujarse Duchovny?), algunas escenas previsibles o, básicamente, un regusto empalagoso a la salida. Siendo justos, por mucho esfuerzo en el reparto (Halle Berry, aún con desmanes y lloreras, aguanta el tipo), en la fotografía o en la dirección, únicamente la interpretación del actor puertorriqueño sostiene en la cuerda floja «Cosas que perdimos en el fuego», con sus inevitables balanceos entre la sobriedad y la sobreactuación. A pesar de atisbar en la (lejanísima) lejanía al Lemmon de «Días de vino y rosas» o al Ray Milland de «Días sin huella», Del Toro se vuelve piel de un perdedor bueno, sudando heroína y pronunciando, en pleno mono alucinógeno, la gran frase del filme: «Antes que a C3PO, prefiero a RD2D2. Parece más accesible».La historia macabea de hoy une un poco de aventura, le añade algún lío marital y se aprovecha de la presencia de un Donald Sutherland tan perdido como en un filme de serie B. Porque, al final, una película como «Como locos... a por el oro» no carbura ni en su papel de comedieta tontorrona. Sólo necesita aparecer el galansote cachas con la pechera al aire o la Hudson sobreactuada rompiendo platos, y la cosa descentra de tal manera que lamentamos no haber sido lo suficientemente inteligentes como para fiarnos de nuestros prejuicios.

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