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Oviedo se rinde a la lírica espartana del pop de «Sr. Chinarro»

Antonio Luque desbordó el teatro de Cajastur en un recital afable centrado en «Ronroneando» y los dos anteriores

 
Antonio Luque, en primer término, entregado a su arte.
Antonio Luque, en primer término, entregado a su arte. maite garcía

Oviedo, Ch. N.

No era la primera vez que «Sr. Chinarro» -léase Antonio Luque- venía al ciclo «Intersecciones» de Cajastur. En ésta le tocaba estrenar la programación, y comparado con la vez que pasó por Gijón, se notó un salto cuantitativo. Puede ser porque la ciudad está hambrienta de conciertos, por el «progresa adecuadamente» que el cantautor indie sevillano ha sabido imprimir a su larga carrera en los últimos años o por la suma de los anteriores y la gratuidad del asunto, que siempre ayuda. El caso es que el personal casi daba la vuelta a la esquina minutos antes de que Luque y los suyos (Pablo Cabra a la batería, Javi Vega al bajo y Jordi Gil a la guitarra) se subieran al escenario y arrancaran, tras un profundo y desalentador suspiro del cantante sevillano, el recital con «Morado», de su disco de 2005 «El fuego amigo».


De alguna forma con ese arranque se acotaba un repertorio que, pasada una hora larga, no iría mucho más atrás. De hecho, como suele ocurrir habitualmente en los conciertos de «Sr. Chinarro», tocó prácticamente en su totalidad el último disco, «Ronroneando» (Mushroom Pillow) y extendió el repertorio a los dos anteriores, el citado «Fuego amigo» y «El mundo según» (2006). No hubo, pues, clásicos de su etapa anterior, esa que podría haber incluido «Quiromántico» o alguna otra.


Pero tampoco hubo, a pesar de ese profundo suspiro que sonó como si una pesada losa hubiera descendido sobre su espalda para acompañarle durante todo el concierto, el tono habitual de Antonio Luque. No fue un concierto hosco; la seriedad se limitó al apartado interpretativo e incluso se permitió algunas licencias chisposas para entretener el cambio entre canciones, como las tan habituales entre otros músicos, otros estilos y otras nacionalidades: referencias a las sidrerías y el arte de escanciar. También, cosa rara, se permitió un relato breve sobre un amigo que era de Oviedo, al que llamaban Ovi y a través del cual empezó a escuchar «música rara». Para hacerse una idea de lo que hablaba Luque, citó a «New Order». Vale.


De todas formas, tampoco hay que exagerar y decir que el concierto fue un festival del humor, a pesar del «no se pongan tristes» inicial, recibido con carcajadas que confirmaban el grado de veneración entre las butacas, un grado tal que convertía la fina ironía en chiste de partirse.


Fueron, de todas formas, instantes contados. La mayoría del recital se ciño a la interpretación de las canciones, los aplausos entregados sin más excesos que los utilizados para reclamar los bises y los chascarrillos apuntados, unos pocos.


«Esplendor en la hierba», de «El mundo según», fue la segunda. Y ya después empezó a enlazar el repertorio del último disco con incursiones en los otros dos anteriores. Así, «Los amores reñidos» y «Anacronismo» dieron paso a las anteriores «El rayo verde» y «Ni lo sé ni lo quiero pensar». Y en ese momento, aunque trató de distanciarse y envolver de humorada con la petición de «un momento de recogimiento» la interpretación de «El Gran Poder», una de las mejores de su último disco, el tono procesional, la cadencia sangrante y el desamor retratado con tal grandeza verbal, dejó ya otro tono para el resto del concierto.


Sin tantas chanzas, sombrío, firme, en su sitio, siguió por «San Antonio», «Dos besugos», «Ángela» y la saltarina «G. G. Peningstone», que en vez de devolverle al ambiente sidrero volvió a dejarle un suspiro en sus labios al acabar.


«A mano», «Tímidos» y las muy aplaudidas «Gitana» y «El Lejano Oeste», estas dos de su disco «El mundo según», le dejaron despedirse con «Del montón».


Reclamado con una intensidad considerable, regresó para advertir que de lo escuchado hasta el momento las había peores y mejores, y que estas últimas eran del que acababa de salir del horno, de «Ronroneando». «Por ahí vamos a seguir». Y, así, fiel al anuncio, limitó las tres últimas a «El alfabeto Morse», «El teórico» y «Los Ángeles».


El personal salió agradecido de ver a un «Chinarro» afable, pródigo con una veintena de canciones y de sonido aceptable. Poco más se puede pedir al que seguramente sea el gran asceta del pop autoral indie patrio. Puerta grande, desde luego.

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