Opciones

 
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Mario necesitaba un pasado digno de atención para ser autor de éxito. Una vez excluidas por razones obvias las prometedoras opciones de jovencita fogosa que ha trabajado de camarera, relaciones públicas y cantante de rap, y la de telefonista que salta a la fama tras publicar una novela sobre las líneas calientes y sale medio desnuda en una revista asegurando que quiere que la lean por sus letras, no por sus tetas. Primera opción: hippy que viajó por todo el mundo haciendo autoestop con una libreta, un lápiz y un poco de hachís. Segunda opción: ex corresponsal de guerra con el corazón endurecido por el horror que ha visto y un guisante de metralla en una pierna. Tercera opción: trotamundos que colecciona trabajos duros: camionero, descargador de muelles, vigilante de discoteca, matón a sueldo y enterrador. Cuarta opción: un rebelde sin pausa, teleadicto, ex drogadicto, ex guitarrista de heavy metal y ex okupa. Quinta opción: homosexual refinado y discreto con una labia excepcional para hablar de la perezosa emoción del amor tardío o de las espinas crueles del desamor. Se decidió por otra más fácil: la de escritor compulsivo que se encierra como un anacoreta en casa durante días escribiendo sin parar, que apenas ha tenido vida social y cuya aparente timidez esconde un volcán. Unas gafas de moldura anticuada, un aspecto descuidado y un mirada desvalida se ganarían el cariño de las lectoras, conmoverían al crítico y atraerían a las cámaras necesitadas de rostros necesitados de protección. Una novela que demandara lectores sensibles y emocionales debía tener en la solapa a un autor que inspirara ternura. Las cámaras no buscarían en él al autor provocador y radical al que preguntar si se chuta antes de escribir o si escribe como vomita, sino al autor reservado y sencillo que mima sus palabras y sufre tanto al dar vida a sus personajes como éstos al perderla. Sólo faltaban los complementos. Otros se ponen tatuajes, se compran bastones, se cuelgan pendientes de la oreja o visten chalecos de muchos bolsillos. Tras reunirse consigo mismo, decidió que vestiría siempre de negro, compraría gafas de gruesa pasta negra e iría siempre con una pipa apagada en la mano.

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