La Nueva España

Números

09.04.2008 | 02:00
Números
Números

Cuando era niño, a Martín sólo le interesaban los números para recordar películas. Para él, las únicas raíces que valían la pena eran las «Raíces Profundas» en las que el pistolero Shane se enfrentaba al atardecer a Jack Palance en un pueblo de barro y muerte, y la palabra quebrados le recordaba inmediatamente los huesos rotos de Robert De Niro sobre la lona ensangrentada de «Toro Salvaje». Las divisiones le transportaban a los campos de batalla de «La colina de los diablos de acero» y multiplicar se asociaba en su mente a los ladrones de cuerpos que se introducían en los terrícolas para convertirlos en una colonia de alienígenas. Sin embargo, con el paso del tiempo y el poso de los años, ha aprendido, o más bien ha admitido, que su desdén hacia las matemáticas fue un error más grave que el de Marlon Brando cuando rechazó «Doctor Zhivago». Porque las matemáticas, aunque de forma muchas veces camuflada o clandestina, pueden ayudar a entender el mundo, o a descifrarlo, con la misma intensidad y perspicacia que otras ciencias.


Gracias a los números se pueden recordar títulos que, para bien, o para mal, han marcado la historia del cine. Por ejemplo, «Uno Rojo, división de choque», de Sam Fuller, una de las películas que más y mejor han reflejado el horror de la guerra. O «Dos en la carretera», ese viaje al infierno en que se convierte el paraíso de la convivencia. O «Tres lanceros bengalíes», una vieja película de aventuras que emitían en las sesiones de tarde de los sábados cuando las televisiones eran sólo dos y las matanzas colonialistas tenían encanto para los críos enganchados a los héroes siempre impolutos. O «Los cuatro jinetes del Apocalipsis», un título de Vincente Minelli donde se aprendían valores como la lealtad y el sacrificio en un mundo en guerra, podrido de tanta ideología guarra. O «Seis destinos», un clásico de varios episodios que giraban alrededor de un esmoquin. O «Los siete magníficos» cabalgando hacia la muerte o el renacimiento. U «Ocho y medio con las neuras», de Fellini, en erupción volcánica. O «Nueve semanas y media», que hizo que medio mundo embadurnara de nata al otro mundo. O «Diez», la última comedia digna de tal calificación de Blake Edwards, con Bo Derek corriendo por la playa ante los ojos atónitos y erectos de Dudley Moore y varios millones de espectadores. Y ahora que la vida acumula números y el cine le interesa cada vez menos, Martín se sorprende muchas medianoches viendo películas muy, muy viejas, sin sonido y dejando que la memoria se pierda en el cementerio de los sueños.

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