La insaculación

10.04.2008 | 00:00
La insaculación
La insaculación

Que el humor español tiende a lo rústico, a lo escatológico y a lo genital es un secreto a voces, pues incluso las voces también forman parte de ese humor, por llamarlo de algún modo. Pensaríase, sin embargo, que esa dicha comicidad un punto montaraz y agropecuaria es exclusiva de los iletrados o de los aborígenes de la España profunda a la que no llegó nunca la modernidad, pero el hecho de que los diputados de la nación se desopilaran ayer y se dieran codazos de picardía al oír al presidente de la Cámara, señor Bono, pronunciar el verbo «insacular», induce a suponer que el mecanismo de la risa se activa en nuestro país de la misma manera, con las mismas cosas, en todos los ambientes. ¡Oh, admirable -y en este caso escalofriante también- democratismo!


Concluidos los turnos de la sesión de investidura, el presidente Bono procedió, cual obliga el reglamento de la Cámara, a dar paso al acto de insaculación que establece el orden por el que los diputados irían expresando verbalmente su apoyo (sí) o su rechazo (no) a la designación de Zapatero como presidente del Gobierno. Un saco (también puede usarse una urna o un cántaro) contenía las papeletas con el número de cada una de sus señorías, y se trataba de extraer una de su fondo para, desde ella, iniciar la votación. Ya cuando Bono dijo «vamos a proceder con la insaculación» se había levantado un clamor de risas salaces en las bancadas, pero cuando el número insaculado resultó ser el de Llamazares, aquello fue el acabose. El fino humor de sus señorías añadió entonces a la gracia rijosa que les había hecho el vocablo, la suerte que Llamazares había corrido en las urnas, y yo creo que a estas horas aún estarán muriéndose de hilaridad muchos de ellos mientras sus caletres hilvanan una y otra vez la relación entre insacular y dar por saco.

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