Lágrimas

10.04.2008 | 00:00
Lágrimas
Lágrimas

Mucha gente tiene a «Blade runner» como una película de culto por la que sienten devoción por razones artísticas, o sentimentales, o existenciales, porque se reconocen en esos replicantes que mueren y desaparecen como lágrimas en la lluvia abandonados por su creador, sin origen ni destino. Para Martín, «Blade runner» fue mucho más que eso, fue una noche de huida en un Madrid que aún respiraba entrecortado por la alargada sombra del golpismo, fue una noche de refugio en un cine de la Gran Vía perseguido por la desolación de una ruptura sentimental y por el hastío de una carrera cargada de asignaturas inútiles. Allí, en la soledad de una sala sin más espectadores que él, las imágenes de «Blade runner» le abrieron en canal y cada frase, cada palabra atrapada en ese escenario de lluvia amarga y neones agonizantes se grabó en él como hierros candentes. Salió del cine purificado y renovado, con esa sensación de tristeza satisfecha que te queda después de haber estado con la persona amada. En su mente, mientras vagaba por un Madrid lluvioso y solitario, palpitaban las palabras que había escuchado. «Me han dejado plantado otras veces, pero nunca cuando estaba siendo tan amable», decía Harrison Ford, en una escena que resumía a la perfección su estado emocional. Y no podía quitarse de la cabeza el plano del replicante agonizando bajo la lluvia con una paloma en la mano, mientras pronuncia el monólogo que toda una generación se aprendió de memoria: «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir». Y luego, la réplica lanzada al silencio del policía que le ha visto morir: «No sé por qué me salvó la vida. Quizá en esos últimos momentos amaba la vida más de lo que la había amado nunca, no sólo su vida, la vida de todos, mi vida. Todo lo que él quería eran las mismas respuestas que todos buscamos: ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?, ¿cuánto tiempo me queda? Todo lo que yo podía hacer era sentarme allí y verle morir». Aquella noche, Martín quiso morir y resucitó.

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