El país de los niños maltratados

 
El país de los niños maltratados
El país de los niños maltratados 

El caso de la niña Mari Luz, asesinada por un depravado con la cooperación necesaria de una justicia negligente, pero también por la ausencia en España de mecanismos para la prevención de esa clase de delitos, parece haber descorrido la venda que cegaba a la sociedad la vista del estado de indefensión en que se hallan en nuestro país los menores. Si la violencia machista contra las mujeres había conseguido movilizar las conciencias y las leyes, bien que sin ningún resultado práctico, en los últimos años, la violencia y el ultraje contra los niños, el cuerpo oculto del «iceberg» del terrorismo doméstico y consuetudinario, habían permanecido secretos como, en puridad, cuanto ocurre en el seno cerrado, escondido, de la familia, si es que cabe otorgar el nombre de familia a esos aquelarres de abusos, sevicias, sufrimiento e insanias psicológicas que tanto abundan en nuestra sociedad, y cuyas víctimas son indefectiblemente, antes o después, hoy o mañana, los niños.

Ha sido necesario, al parecer, que el escándalo social de la tragedia de Mari Luz estallara, para que la mirada de los ciudadanos reparara en los dramas diarios que padecen tantos menores españoles ante la indiferencia general, dramas que alcanzan cotas insuperables de horror como en el reciente caso de Guadalajara, ese niño que hubo de contemplar el asesinato de su madre y de otra mujer a manos de su demenciado progenitor. Otros muchos casos, de violación por familiares, de estupro, de vejaciones, de torturas psicológicas, de abusos continuados, se han conocido en los últimos días como si fueran producto de una plaga súbita, cuando lo cierto es que los casos de maltrato severo a los menores (hay otro maltrato socialmente aceptado, el de mantenerlos horas enchufados al televisor o a la videoconsola, el de permitirles convivir con el tabaco y el alcohol, el de estabularles desde recién nacidos en guarderías, el de no concederles tiempo ni atención...) son mucho más frecuentes de lo que estamos dispuestos a reconocer. Ante esta situación, no son leyes como la de violencia de género, que no funciona ni se cumple, lo que necesitan los menores para su guarda, sino que el mundo adulto que los circunda tenga un poco de corazón.

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