El productor I

22.04.2008 | 00:00
El productor I
El productor I

Después de ganar un premio de una poderosa editorial, por el que ingresó una importante cantidad de euros y neuras, Martín recibió una oferta de una popular actriz cómica para que echara una mano en la escritura de guiones para su serie televisiva, que empezaba a declinar peligrosamente por su falta de ideas. Aunque el estilo de la actriz no le interesaba y el mundo de la televisión le resultaba casi tan hostil como el del cine, cambiando las pirañas de uno por los escorpiones del otro, aceptó para conocer desde dentro un medio que desconocía por completo, y también, para qué negarlo, porque en televisión se paga muy bien a los escribidores, que suelen trabajar en condiciones similares a las de los esclavos. La actriz, al parecer, había leído algunos fragmentos de sus novelas y estaba convencida de que su facilidad para los diálogos ingeniosos e inteligentes, según sus propias palabras, encajarían perfectamente en su telecomedia. Un viernes se plantó en la mansión del productor en Madrid. Era una casa preciosa, y su esposa, una modelo dominicana a la que aventajaba en 30 años, lo era más aún. Martín se sentía como el guionista de «Cautivos del mal», aquel formidable melodrama de Vincente Minelli en el que un productor despiadado pero fascinante encarnado por Kirk Douglas engañaba y traicionaba a a quien se pusiera por delante para sacar adelante sus películas. Por desgracia, su productor no era Douglas, ni de lejos. Tras mostrarle algunas escenas a modo de ejemplo, y sermonearle durante dos horas sobre el espíritu de la serie, los entresijos del humor televisivo, los secretos de la comedia y las rarezas de la estrella, el productor lo llevó a un cuartucho con un ordenador y una impresora. Demuéstrame lo que sabes hacer, le dijo. Durante las siguientes ocho horas, sin más reposo que unos minutos para comer un sándwich de pollo con sabor a lagartija, intentó la cuadratura del círculo. Siempre había seguido la consigna de Lee Marvin a sus soldados criminales en «Doce del patíbulo»: «Se han presentado voluntarios para una misión que les deja tres caminos a seguir: pueden obrar de mala fe, en cuyo caso serán devueltos aquí y ejecutadas sus sentencias; pueden desertar en combate, en cuyo caso yo mismo les volaré los sesos, o pueden hacer lo que se les diga y así seguir adelante». Así que siguió adelante.

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