El mundo al atardecer

27.04.2008 | 00:00
El mundo al atardecer
El mundo al atardecer

Cuatro despachos, un solo inquilino. Cuatro lugares, una sola alma empapada de amor por Asturias. Juan Ignacio Ruiz de la Peña trabaja en la Universidad, en su casa ovetense, en su refugio llanisco y también en la recién estrenada estancia del Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA). Amplia y de techos lejanos, muebles anclados en el pasado y cuadros grandes que parecen pequeños por la generosidad del espacio: un Carnaval de Marola de vibrantes colores, un Caravia, un Sanjurjo... En una esquina, una pequeña figura de la Santina y, al fondo, un ventanal que se abre a la plaza de Porlier. Una planta angustiada sobre una mesa reclama atención con una única flor. «Habrá que vestir un poco el despacho», dice su ocupante con el gesto cansado que exige una jornada intensa, «el mobiliario tiene muchos restos de reliquias».


Su verdadera reliquia es trabajar en lo que más le gusta, haber conseguido que «mi afición sea mi profesión. En el despacho de mi casa en Valentín Masip es donde estoy más a gusto, es una especie de nicho ecológico, y en el de la Facultad es donde trabajo la docencia. Aquí sólo me dedico a asuntos propios del RIDEA, y en Andrín suelo rematar los trabajos. Éste es el único visible, el resto está desorganizado, al menos aparentemente». Una invasión de papel contra la que no puede la informática: «Me pilló tarde. Yo escribo todo a mano, luego lo paso a mi máquina Olimpia, que me trajo mi hermano Juan Luis de Roma en 1963, y sólo la última soba, que diría Ortega, la paso al ordenador».


Siempre que viene al RIDEA cumple con una cita ineludible: «Entro en el edificio histórico de mi Universidad y en el patio interior me quedo un ratín sentado». Un momento nostálgico que alumbra instantes de felicidad de un hombre que, en lo esencial, no se diferencia mucho del niño que devoraba los libros de Guillermo Brown («aún lo releo con placer») o soñaba con ser ciclista profesional o entregarse en cuerpo y alma a la montaña: «Siempre me gustó el campo, aunque sea un producto urbano». Y cuando llega el fin de semana, el asfalto deja su lugar a la belleza de Andrín o Cambados, donde vive una hija y dos nietos. Alto ahí: vidas menores, palabras mayores. El mayor, Nacho, tiene 5 años. El más pequeño, Jaime, tiene 4. «Estar con ellos es volver otra vez a la infancia. Es muy gratificante. Cuando ya nadie te hace caso, los nietos sí, y se te quedan mirando con ojos grandes cuando les cuentas historias. Yo soy consciente de que lo que hago no le interesa prácticamente a nadie, siempre tuve la certeza de que realizo una actividad marginal. Te acostumbras, claro». Su cauto escepticismo no hace mella en su convicción: «En un país tan viejo como éste, la defensa y difusión de la identidad histórica y el patrimonio cultural es muy importante. Vital. Todos los políticos deberían seguir un cursillo de formación histórica para situarse».


No ha renunciado a nada importante en su vida aunque «haya habido momentos en los que te apetece echar la mochila a la espalda, coger la guitarra e irte al camino. Me hubiera gustado ser músico, o dedicarme a la literatura, o simplemente vivir, sentir el aliento de la vida. Pero no me arrepiento de mis elecciones. Y lo más importante: nunca me aburro. La soledad me gusta, perderme en cualquier paisaje, sentirme parte de él». Y el tiempo se escapa, «notas que te vas yendo, cada día que pasa vives más anclado en los recuerdos y menos en un futuro que ya no tienes... Lo afronto bien, no me asusta. Echo de menos el vigor físico, sí, la fuerza con la que encaraba el trabajo, pero uno se adapta siempre que la cabeza esté firme... Hace poco vi una foto de mi infancia y recordé aquel estremecedor cuento de Clarín: "Me acordaba de mí mismo cuando era niño como de un hijo que se me hubiera muerto"». Quedan pocas asignaturas pendientes, pero una de ellas le reclama: «Volver a la vega de Ario en un atardecer. En otoño. La mejor época. Los Picos de Europa tienen algo especial, entrañable, difícil de describir. Hay cosas que se resisten a ser descritas. Simplemente, las sientes». Lo hará por mucho que cueste, y será una nueva declaración de amor por una Asturias que conoce en su totalidad.


A estas alturas tiene claro cuál es el sentido de la vida: «Emplear los talentos que te dieron procurando hacer el bien. Hay que descubrir lo que sabes hacer, y hacerlo. Procurar no defraudar a quien deposita su confianza en ti. Y, a partir de cierto momento, trabajar pensando más en los demás que en uno mismo. Soy creyente, y sé que hay un sentido de la existencia que se nos oculta tras palabras que no escuchamos. La felicidad individual no existe; no, si ves el horror que hay en el mundo». De esas creencias nace la defensa de unos valores: «La familia y la amistad. El último puerto. ¿El éxito? El mayor de los éxitos no vale nada. Tener buenos maestros, buenos discípulos, buenos amigos. Un entorno familiar grato. Me gustaría que me recordaran como alguien consecuente e independiente». Un hombre que sueña con atardeceres infinitos donde el aire respira libertad.

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