El «monstruo austriaco» confiesa

El ingeniero de 73 años es el padre de los siete niños que su hija Elisabeth tuvo en su cautiverio
Quemó a un bebé que murió al nacer y tres de los vástagos no vieron la luz hasta su liberación

29.04.2008 | 02:00

Josef Fritzl, un austriaco de 73 años que mantuvo encerrada a su hija Elisabeth durante 24 años en un calabozo subterráneo en el jardín de su vivienda, ha confesado haberla violado sistemáticamente y ser el padre de los siete hijos que la joven, que ahora tiene 42 años, dio a luz durante su cautiverio. Fritzl, que contó a su mujer que su hija había huido con una secta religiosa, llegó a deshacerse de un bebé que nació muerto quemándolo en la caldera de la calefacción de su casa. Tres de los hijos nacidos del incesto (entre los 10 y los 15 años) fueron integrados en la casa familiar por Fritzl como nietos, mientras que los otros tres (de 5, 18 y 19 años) permanecieron toda su vida bajo tierra hasta su liberación.

Amstetten (Austria)


Un día después de conocerse el escalofriante caso de incesto y encierro durante 24 años en la ciudad austriaca de Amstetten, las autoridades locales dieron ayer el caso por esclarecido, con la confesión del acusado, Josef Fritzl, un ingeniero jubilado de 73 años.


Las autoridades informaron de que el ingeniero confesó haber encerrado en un calabozo subterráneo a su hija Elisabeth, que ahora tiene 42 años, de haberla golpeado y violado sistemáticamente y de ser el padre de siete hijos nacidos de esa relación.


El responsable de la seguridad pública de Baja Austria, Franz Prucher, aseguró que con la confesión «este caso está resuelto» y agregó que se trata de uno de los más graves en la historia criminal de la República alpina, «que supera todo lo conocido hasta ahora».


Según la confesión del acusado, uno de los bebés, que murió en 1996 poco después de nacer, fue quemado por Fritzl en la caldera de la calefacción de la casa, dijo ayer ante la prensa Franz Polzer, jefe de la Policía del estado federado de Baja Austria.


Tres de los hijos nacidos del incesto (entre los 10 y los 15 años) fueron trasladados por Fritzl a la casa familiar e integrados como si fueran nietos y luego hijos adoptivos, mientras que los otros tres (de 5, 18 y 19 años) permanecieron toda su vida bajo tierra, hasta ser liberados hace pocos días.


La versión que Fritzl sostuvo ante su esposa y el resto de la familia fue que Elisabeth desapareció para adherirse a una secta en un lugar desconocido, donde habría tenido varios hijos, algunos de los cuales los dejó delante de la puerta de la casa de sus padres.


Josef Fritzl y su esposa Rosemarie, de 69 años, también tuvieron siete hijos en su matrimonio, incluyendo Elisabeth, quien fue objeto de los abusos sexuales de su padre desde que tenía 11 años.


Los detalles dados a conocer ayer dibujan un escenario dantesco de la vida subterránea de la joven mujer, que dio a luz seis veces en condiciones infrahumanas y sin atención médica alguna.


El calabozo tenía apenas unos 60 metros cuadrados, con cuatro habitaciones de techos de apenas 1,7 metros de altura, en donde Fritzl instaló un baño, una ducha y también un televisor, lo que permitió a sus moradores cierto contacto con el mundo exterior.


La macabra historia salió a la luz cuando la mayor de los hijos encerrados, Kerstin, de 19 años, tuvo que ser hospitalizada por sufrir una grave enfermedad, que los médicos atribuyen a una degeneración genética típica de un incesto.


Tras ser internada en un hospital local, Fritzl liberó a los otros dos hijos que todavía permanecían encerrados y le explicó a su mujer que Elisabeth, la hija desaparecida, había vuelto finalmente y que esos hijos eran producto de sus relaciones mantenidas en una secta.


Según informó el médico responsable del caso, Albert Reiter, la joven se encuentra en un estado «muy grave», en un coma inducido, y «sólo Dios sabe» si podrá sobrevivir. Las autoridades se negaron a explicar cuál es el estado psíquico de los encerrados.


En el entorno de la casa de la familia en Amstetten, una ciudad de unos 23.000 habitantes, a 130 kilómetros al oeste de Viena, los vecinos se mostraron sorprendidos e incrédulos por lo sucedido en este barrio de clase media. «Siempre supimos que la hija estaba en una secta y que dejaba a sus hijos con sus padres, lo que a mucha gente le pareció admirable por parte de los abuelos», reconoció una vecina. Otro vecino dijo que el sospechoso era un hombre «normal y corriente, siempre amable y en buen estado físico».


El caso ha causado un gran revuelo mediático, con periodistas llegados a Amstetten de todo el mundo para informar sobre este suceso, que se produce a menos de dos años después de la liberación de Natascha Kampusch, otra joven austriaca que estuvo encerrada por su captor durante ocho años en un sótano cerca de Viena.


La propia Kampusch, que se convirtió en Austria en un personaje público, anunció ayer su intención de ayudar a las víctimas. «Tuve este deseo espontáneamente», dijo Kampusch.

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