Una fortuna asturiana congelada

Pedro Gómez Cueto se hizo rico fabricando botas militares en la II Guerra Mundial, pero el embargo de EE UU impide heredar a su viuda, de 108 años

 

Oviedo

Mary McCarthy es una rica viuda canadiense empobrecida y atrapada por la Historia. El domingo cumplió 108 años en su vetusta mansión de La Habana, lo único que pudo conservar de su glamourosa vida pasada, que ahora no es más que un recuerdo. El embargo norteamericano mantiene bloqueada la fortuna que heredó de su marido, un asturiano enriquecido en Cuba con la fabricación de botas para los soldados de la II Guerra Mundial.


Mary se casó muy joven con el curtidor asturiano Pedro Gómez Cueto, que la conoció en la visita a la hija de un amigo en una escuela para señoritas en Boston. Mary estaba allí desde que sus padres, irlandeses afincados en Terranova, la enviaron de niña, informó «La Vanguardia».


La señora McCarthy enviudó a los 50, sin hijos. Uno de sus alumnos de inglés y piano, Elio García, se convirtió en su ahijado y protegido y, con el tiempo, en su protector y heredero de la casa.


No es fácil que ni Mary ni Elio, que hoy la cuida y la mantiene con la pensión que recibe de España, recuperen los cientos de miles o millones de dólares, no está claro, depositados en bancos americanos. Incluido el dinero que Mary creyó haber puesto a salvo en un viaje a EE UU en 1961, tras las expropiaciones en Cuba.


La mujer volvió a La Habana y, por residir en Cuba, Washington le aplicó el embargo y congeló sus cuentas. Su vida también quedó «congelada».


El cumpleaños de Mary fue casi el evento más interesante del día en la isla. Ante todo, fue un acontecimiento social con una vidriosa vertiente política.


Después del «Ave María» de Schubert, interpretado por un grupo contratado para la ocasión, una de las invitadas se arrancó con unas apasionadas estrofas de alabanza a la anfitriona y condena al «cruel bloqueo». Era la esposa del embajador ecuatoriano en la isla.


Nada de particular de no haber sido porque al aniversario acudió también el embajador de EE UU, que apenas hizo acto de presencia y así evitó que las chispas saltaran.


Había un atrezzo escénico, el de una fiesta a la vieja usanza, y otro permanente, inamovible: los muebles Napoleón III salvados de la venta de joyas y objetos valiosos que Mary tuvo que hacer al estallar la revolución y trasladarse a EE UU antes de optar por volver a Cuba y conservar una de sus cuatro casas en La Habana; el aire antiguo y decadente de la bella y despintada mansión; la música antigua interpretada con instrumentos nuevos; las maneras aristocráticas de la dama vestida de satén y adornada con la bisutería no muy cara que sustituye a las joyas embargadas...

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