El reparto del dolor

02.05.2008 | 02:00
 El reparto del dolor
El reparto del dolor

Luis: «Mi padre no echaba de menos a su mujer. Echaba de menos todo lo que ella hacía por él. Lo sé porque, aunque yo era un niño y ellos se cuidaban muy mucho de que sus riñas no me pillaran en medio, tenía una gran afición por pegar la oreja a la puerta de su habitación cuando se encerraban con cara de púgiles dispuestos a saltar al ring. Mi padre era de esos tipos que delegan todas las obligaciones domésticas, y digo delegan porque aunque han pasado ya 30 años desde su muerte aún me cuesta catalogarlo como un tirano egoísta que daba por hecho que por su mera condición de hombre tenía derecho a que se lo dieran todo hecho. Cuando se quedó viudo y con un hijo al que no sabía cómo tratar (además con un hijo tan peculiar como yo, hermético y alérgico a relacionarme con otros niños, qué coñazo), mi padre dejó pronto bien claro que era un genio de las finanzas pero un desastre en todo lo demás. Es curioso que yo me casara con una mujer que dejaba todo en mis manos. Salvo colgar la ropa en el tendal, actividad por la que sentía devoción freudiana. Sus padres la habían educado para ser un cero en la suma doméstica y en mí encontró a alguien deseoso de pagar las deudas de mi padre con un comportamiento ejemplar, podría decirse incluso que sacrificado. Y ahora, como el destino es caprichoso y tiene ramalazos de perversidad no exenta de sarcasmo, un infarto ha puesto fin a mi vida y pone a Amparo en estado de excepción: la casa se le vendrá encima. Y lo lamento. Lo lamento mucho porque mis sentimientos hacia ella, aunque ya no son lo que fueron, o lo que podían haber sido, aún conservan cariño y respeto y deseo. Sé que no sólo me echará de menos porque me necesite, y eso no me reconforta pero, al menos, no me humilla. Ahora le quedan dos caminos: encerrarse a lamentarse el resto de su vida o plantar cara a la malaventura y no dejarse aplastar por la adversidad. Primero tendrá que pagar el peaje del duelo público, verse rodeada de parásitos de los entierros que intentan llenar sus vacíos con las penas ajenas y disfrutan de la malsana curiosidad que provocan las lágrimas de la víctima. También habrá personas que realmente la acompañen en el dolor pero serán las menos porque yo nunca fui una persona muy popular: hermético casi siempre. Amparo me entendía, o deseaba entenderme. Si pudiera volver a la vida sólo unos instantes le pediría que hablase de su dolor sin ocultarlo, sin máscaras ni disfraces, sin disimular la herida con vendajes falsos, y le diría que las cosas irán mejor con el tiempo, pero que nunca estarán bien del todo y le diría (a ella, que perdió a sus padres con 15 años) que no es cierto que el dolor se reparta de forma injusta entre las personas, que tarde o temprano llega un equilibrio, y yo seré una ausencia inofensiva».

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