Náufragos del diario Tino Pertierra El triunfo del fracaso

03.05.2008 | 00:00

Marta: «Ese miserable tiene planificados hasta sus fracasos. Si lo sabré yo, que soy uno de ellos. El más sonado, tal vez, aunque poca gente llegó a escuchar mi caída. Siempre he sido una chica discreta, quizá para llevar la contraria a la gritona de mi madre, tan acostumbrada a los lamentos permanentes en cuanto la vida no le daba todo lo que deseaba. Ahora que lo pienso, es probable, y hasta cierto punto cómico, que me fijara en Tomás para fastidiarla. Porque Tomás era todo lo que ella detestaba, y además tenía casi su misma edad. ¿Cómo podía su hijita de 23 años liarse con un tipo de 54 con fama de excéntrico, perdonavidas y mujeriego? Y, para colmo de males, millonario de mala reputación. Qué tontería he dicho. ¿Acaso hay millonarios que la tengan buena? Tomás no aparentaba su edad, yo le hubiera echado 40 años como mucho. Y eso que él no iba de Peter Pan con miedo a envejecer, sino todo lo contrario. Disfrutaba haciéndose el mayor, a punto de entrar ya en el desguace. Hacer el amor a mi edad es como jugar al golf con un hilo, me advirtió con ojos de perro apaleado tras aparcar su Jaguar descapotable frente a mi casa. Se me da muy bien coser, dije yo, cautivada ya sin remedio tras una semana de cortejo fúnebre. Digo fúnebre porque en ese tiempo todas mis precauciones se fueron muriendo una a una, las pobres no soportaron tanta sobredosis de encanto, carisma y saber estar. Al día siguiente me invitó a cenar en un restaurante de lujo y cuando yo le dije que no me gustan los restaurantes donde hay más camareros que clientes se echó a reír y creo que fue en ese momento cuando empezó a verme como algo más que una cara bonita con la que adornar sus tránsitos nocturnos. Me llevó a un bar de mala muerte donde empezó a trabajar 30 años antes como pinche. Esto no es algo que haga con frecuencia, me subrayó para que no me quedara la menor duda de la importancia del gesto. Los nuevos propietarios no eran precisamente un ejemplo de eficacia y Tomás se enfureció a su manera: sonriendo y sacando el blackberry para llamar a uno de sus hombres de confianza. Le bastaron dos frases para ordenarle que al día siguiente comprara el local, lo derribara por dentro y lo cerrara a cal y canto. Un homenaje a su nostalgia. A sus orígenes adulterados por el presente. Después, devolvió la sonrisa de jaguar a su redil y me miró con ojos de pinche enamorado.


Puedo convivir con la mediocridad pero no tolero la indiferencia, resumió para justificar su ajuste de cuentas. Tiene gracia porque con esa misma frase me anunció que quería el divorcio y que recibiría todo lo pactado en el precontrato matrimonial más un diez por ciento y un coche de 30 millones, los mismos que años yo tenía. Nunca sabré por qué se casó conmigo, pero sospecho que después de tantos triunfos acumulados necesitaba un fracaso personal que no le hiciera mucho daño. Un fracaso triunfal que le hiciera sentirse más humano».

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