El espejo del espíritu

 
Jacobo Cosmen, reflejado en el retrovisor de un autocar de Alsa, en la estación de Oviedo.
Jacobo Cosmen, reflejado en el retrovisor de un autocar de Alsa, en la estación de Oviedo. miki lópez
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POR TINO PERTIERRA Quién lo diría. Con 17 años, Jacobo Cosmen era el batería de un grupo con mucha marcha, los «Paranecios». Buen nombre para una banda efímera: «No le vimos mucho futuro a nuestra carrera musical. Y la industria no nos entendió», ironiza. «Pretendíamos cantar en inglés y machacábamos a un profesor para que nos tradujera las letras de los grupos a los que versioneábamos y enterarnos de qué estábamos cantando». Aquel episodio de bohemia fue pronto olvidado para irse a estudiar al Reino Unido, pero tiene más importancia de lo que parece; los Cosmen siempre han tenido muy presente la enseñanza del patriarca: haz lo que quieras, pero si lo haces, prepárate y hazlo bien. Ese espejo del espíritu brilló con especial intensidad en 2001 durante una odisea especial: «Mi padre se jubiló a los 65 y decidió que era necesario el relevo generacional. Mi hermano Andrés, que lleva 21 años en China, nos invitó una semana al Tíbet para decidir la asignación de responsabilidades entre los ocho hermanos y, de paso, reflexionar sobre la empresa y la familia. Fue un hito en nuestra casa, porque se decidió dar un paso atrás en el día a día y delegar esas funciones en un consejero delegado». Un hito. Un rito. Un viaje de salida y de llegada. Muchas cosas importantes le han ocurrido viajando, y no es extraño, porque la gasolina parece fluir por sus venas. Mientras estudiaba en el Reino Unido se encontró con la que sería su mujer («Inés, gijonesa... Era más fácil coger un Alsa y conocerla en Gijón, pero no, tuvo que ser allí»). De las islas británicas volvió en 1996 para hacer la mili: «Yo era el abuelo de todos. Fue muy interesante, un momento de transición que me permitió desconectar de mi vida anterior sin preocupaciones. Y por la noche hacía un máster. Le estoy muy agradecido al Ejército. Hice amigos para toda la vida y aún hoy nos juntamos a contar mentiras; ya sabes que las bolas crecen. Fue un shock ver que había gente que no había salido nunca de su pueblo, que no sabía leer ni escribir, que en sus casas no había lavadoras ni neveras. Era un mundo que yo desconocía». De cualquier experiencia extrae información, la aprovecha porque nunca se sabe cuándo podrá ser útil. «Cuando estuve interno en León, con 14 años, aprendí lo que es organizar la vida, tener ropa preparada, vivir de una asignación mensual, limpiar la habitación..., eso que no haces en casa. Y en Inglaterra compartí piso y colegio mayor, y te acostumbras a convivir».


Después de la mili volvió a Oviedo a conocer la empresa por dentro: «Papá siempre nos dijo que si queríamos tener dinero en el bolso, que trabajásemos, y en julio y agosto siempre me sacaba unos extras haciendo cosas. Vendí billetes de taquillero, cambié ruedas en el taller, trabajé en el almacénÉ Visité casi todas las delegaciones de España, hasta que ya me quedé fijo en Asturias. A los tres años me casé con la supuesta inglesa de Gijón, sportinguista, para más señas, y me fui a vivir ahí». Aquel paso por las entrañas de la empresa fue fundamental: «El tú a tú es imprescindible para conocer la empresa en todos sus aspectos y plantear evoluciones contando con el equipo humano que tienes. Es muy bueno conocer las caras de quienes mueven la maquinaria, ver todo lo que se cuece desde dentro y hablar con conocimiento de causa. Conocer a la gente por su nombre te abre muchas puertas. Manejar grupos es la parte más complicada y también la más gratificante. Está en juego que todos estén contentos e implicados en el proyecto. Lo que más me gusta es tratar con las personas, eso lo tengo claro. Si hay un secreto, ése consiste en confiar en la gente profesional y más preparada que tú. Estar a su disposición y mirar más allá del día a día».

Presume de modestia: «Soy normalín, no destaco ni por arriba, ni por abajo. No tengo ningún don especial, y eso que ando buscándolo, a ver si alguien lo detectaÉ Dicen que el quinto de ocho hermanos lo tiene, y yo, como soy el sexto, debí de quedarme sin él. Soy muy, muy de la media, un paisano normal, y me gusta la gente que se considera así, no creo en los supermanes». Tampoco le gusta la gente «con mal humor permanente, todo se hace cuesta arriba con personas así; lo mejor es invitarlas a abandonar el barco. Se contagia». Y si hay que hacer reproches, «siempre de forma personal, en un despacho. Eso sí, los reconocimientos, en público». Como estuvo en la mayoría de las bases de operaciones trabajando, «cuando tengo reuniones, me veo antes con los jefes de servicio o con los conductores y me entero de cosas que no llegan en los informes. De incógnito no puedo ir a los sitios, porque llego y ya sonó la alarma, ¡ya está aquí el pelma ése! No dejamos de ser una empresuca, nos conocemos todos». En casa vio que «el trato normal funciona; eso te queda grabado. Un trato directo y transparente, sin buscar cosas raras. Heredé de mi madre la capacidad de generar hábitos, y de mi padre, que hay que dedicarse a lo que se quiera, pero siendo consciente de que lo que se haga, se debe hacer bien. También heredé el humor de mi madre y la tranquilidad de mi padre. Me cuesta ponerme nervioso». Y eso que fue todo un «paranecio».

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