Regreso a Ribadeo

El ex presidente Calvo-Sotelo recibe sepultura en su amada villa lucense, rodeado de familia, amigos, ex compañeros de la política y vecinos

06.05.2008 | 00:00
La viuda recibe el pésame.
La viuda recibe el pésame.

El ex presidente Leopoldo Calvo-Sotelo fue enterrado ayer en el panteón familiar del cementerio de Ribadeo (Lugo) tras un funeral oficiado por el obispo de Mondoñedo en la iglesia parroquial de Santa María do Campo, en el que la familia ha estado arropada por amigos, vecinos y compañeros de su etapa política.
El prelado Manuel Sánchez Monje recordó cómo en los tiempos difíciles Calvo-Sotelo propició «la reconciliación y el diálogo entre unos y otros para llegar a pactos».

Ribadeo, Sergio PÉREZ

Leopoldo Calvo-Sotelo descansa ya, para siempre, en su amada villa de Ribadeo. Los restos del ex presidente del Gobierno reposan desde ayer en el camposanto ribadense, junto a sus padres, en su querido retiro gallego. Allí donde, gracias a su sencillez y su humanidad, se ganó el cariño y el afecto de todos los vecinos. Los mismos que quisieron darle un emotivo último adiós.


Desde primera hora de la mañana ribadenses de toda edad y condición se apostaron junto a la Casa Consistorial, donde fue instalada la capilla ardiente. «Era muy buen hombre, todo lo que podía hacer por los ribadenses lo hacía. Era muy buena persona», comentaban los presentes.


Largas colas y varias horas de espera para ver por última vez a quien era considerado por todos como un vecino más durante sus largas estancias en la villa lucense. Eran las tres de la tarde cuando la comitiva fúnebre llegaba al último destino del ex presidente. Lo hacía precedida de tres automóviles llenos de coronas de flores, entre ellas una de los Reyes, y acompañado por más de cuarenta familiares.


En ese momento la Banda Municipal de Música de Ribadeo tocaba los primeros acordes de «La flauta mágica», una de las obras preferidas de Calvo-Sotelo. Melodía que se entremezclaba con los aplausos y las campanas repicando a llanto y pena. Se ha ido uno de los nuestros, querían decir, porque así era considerado por los ribadenses.


La clase política también quiso dar el último adiós a Leopoldo Calvo-Sotelo. Todos alabaron al político y, sobre todo, a la persona. El presidente de la Xunta de Galicia, Emilio Rodríguez Touriño destacó de Calvo-Sotelo que fue «un gallego de sentimiento que desempeñó un papel decisivo en la transición».


El presidente del PPG, Alberto Núñez Feijoo, expresó su admiración hacia quien «luchó por la libertad y la democracia». Fue «un madrileño que quiso siempre ser gallego», añadió el líder regional de los populares, quien anunció que solicitarán para él la medalla de Galicia.


La clase política asturiana también quiso despedirse de un político que, desde la discreción, supo ganarse el aprecio de los españoles. La presidenta de la Junta General del Principado, María Jesús Álvarez, visiblemente emocionada, recordaba los momentos compartidos con Calvo-Sotelo en los jurados de los premios «Príncipe de Asturias». «Era una persona de gran honestidad, con un fino sentido del humor, que fomentaba el diálogo», dijo.


Fue Pedro de Silva el que mejor definió la figura de Calvo-Sotelo. «Como amigo, lo siento de corazón. Como ex político, deja un estilo que es insólito por elegante, por su criterio, sin exabruptos, sin un insulto, sin renunciar a la ironía, muchas veces mordaz. Era muy sabio», afirmó el ex persidente del Principado.


Tras ser despedido por los vecinos, el féretro con los restos mortales del ex presidente fue introducido en la iglesia de Santa María, adonde tantas veces acudió en vida Calvo-Sotelo. Al funeral asistieron sus familiares, entre ellos la ministra Mercedes Cabrera; amigos, como el hijo del ex presidente Adolfo Suárez, y compañeros, como Rodolfo Martín Villa. Allí, de fondo sonaba la melodía del poema «Negra sombra», de Rosalía de Castro. Versos que sintentizan el dolor y la tristeza de Ribadeo por la muerte de un hombre bueno, de paz, de un hombre de bien. «Cando penso que te fuches, / negra sombra que me asombras, / o pé dos meus cabezales / tornas facéndome mofa /».

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