La señal Náufrago del diario Tino Pertierra

 
La señal Náufrago del diario Tino Pertierra
La señal Náufrago del diario Tino Pertierra  

Sonia: «Le pregunto de qué va su novela y él toma aire antes de responderme con voz profunda un pensamiento superficial. La cerrazón de la rutina arruina lo extraordinario de la experiencia, dice, y mi obra lo expone. Me obsequia con una sonrisa depredadora antes de encender un cigarrillo como quien se lía con una mujer en alerta roja. Con mucho cuidado. Así que su fama de escritor más preocupado por conquistar mujeres que ganar la gloria es cierta, pienso. ¿Escribe con rutinas o?... empiezo a preguntar sin apartar la mirada de sus ojos azules. Color mientes como hablas. No tengo métodos de trabajo, me ataja, me limito a copiar lo que me dicta una voz interior, me dicta cosas sensatas y cosas insensatas, destruyo las sensatas y publico las otras.


Y su sonrisa se caldea a la espera de que su sentencia haga efecto en mí. Claro, pienso, me ve como a una cría inexperta y fácilmente impresionable a la que le tiemblan las piernas por estar ante un tipo cuyo nombre nunca baja de cinco columnas en los periódicos. ¿Le quedan ideales?, pregunto bajando la vista tímidamente. Los cambié por intereses, responde antes de lanzar al aire un corazón de humo. Eso sí me impresiona. Sólo he conocido a dos hombres que supieran hacerlo. Mi padre y este fulano de quien sólo he leído el primer párrafo de una novela. Infumable. Mi padre me dijo poco antes de que el tabaco le ahogara: No gastes demasiado pronto tus ilusiones, la vida será larga. No le hice caso y con 30 años recién cumplidos siento la tentación de desafiar a mi incipiente indiferencia para darme la oportunidad de conocer mejor a este cretino pomposo, y de paso darle la oportunidad a él de demostrarme que tras esa fachada de conde crápula (viste de negro de los pies a la cabeza, incluida la gorra cubrecalvas) hay más que andamios. Acostumbrada a parejas a medio fraguar, al menos este buitre de bajos vuelos está curtido en mil despedidas sin memoria. ¿Cuál es su lector ideal?, pregunto, y él ve mi cielo abierto. Guapa, acostada y esperándome, dice, y la cinta de la grabadora se acaba en ese momento. La señal del desatino me obliga a sonreír: adoro la lujuria del error».

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