Náufragos del diario Oliva

17.05.2008 | 00:00
Náufragos del diario Oliva
Náufragos del diario Oliva

Verónica: «Mi abuela, que había cruzado varias veces el infierno sin chamuscarse, me advirtió a la vez que me halagó los oídos cuando, superada la adolescencia, le dije que iba a casarme por dinero, y nunca por amor. El amor se acaba si no aumenta, le dije. Estás creciendo muy rápido, me dijo ella, cuidado con los techos. Es posible que ahí nazca mi obsesión por vivir en pisos con los techos muy, muy altos, para no sentir nunca la tentación de encarcelar mis ambiciones.


Y cumplí mi palabra. A los 25 años me casé con Winston, un multimillonario cuya fortuna tenía orígenes inquietantes. Tenía 72 años y mucho sentido del humor. Mi infancia sabe a patatas, mi adolescencia a ketchup y mi vejez a pastillas, me confesó en nuestra primera cita en un restaurante de su propiedad. Mi amiga Irma me había dicho que no era un tipo fácil, viudo dos veces de mujeres a las que amó. Acabamos hablando de la reencarnación, a mí me gustaría nacer hombre, dije. Yo no podría ser mujer, dijo él, me pasaría todo el día acariciándome. No reí y no respondí a sus llamadas durante una semana y al octavo día le espeté: A ver si aprendes a dejarme en paz cuando lo necesito. Furiosa y triste. Esa mezcla de rebeldía y debilidad le sedujo y diez noches después me pidió matrimonio mientras yo me desmaquillaba lentamente con aceite de oliva, como me había enseñado a hacer mi abuela.

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