Al pie del cañón

Luis Fernández-Vega, miradas que atan

Catedrático de Oftalmología

18.05.2008 | 18:19
Luis Fernández-Vega, en la clínica ovetense. Luis Fernández-Vega, en la clínica ovetense.

Nació en Oviedo, en 1953. Estudió Medicina en la Autónoma de Madrid, doctorándose en 1979 por la Complutense. Es titular de la Cátedra de Oftalmología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Oviedo desde 1982. Es jefe del servicio de oftalmología del Hospital Central y director médico del Instituto Oftalmológico Fernández-Vega.

Deprisa, deprisa. Luis Fernández-Vega echa carreras al tiempo y le gana: «Cuestión de organizarse bien». Organizado desde siempre. En el instituto coleccionaba matrículas de honor, y en la Universidad sacó 14. «Era un estudiante esforzado, pero nunca un empollón. Lo tenía fácil: me gustaba estudiar. Y me sigue gustando. Nunca ha sido un trauma. Tenía tiempo para jugar al tenis, al fútbol, al ping-pong... Salía con los amigos, veraneaba en Gijón y Ceceda, o en Francia e Inglaterra... Deber y placer bien administrados». Y con las ideas claras: «Podía haber estudiado en Oviedo la carrera, pero mi padre decidió que lo hiciera en Madrid, para alejarme del ambiente familiar y que estuviera..., cómo decirlo..., más suelto. Y allí me fui, a vivir a un colegio mayor, con una habitación donde cabían malamente una cama y una mesa. Era una época apasionante. Años setenta, la Universidad convulsa... En quinto me nombraron jefe de estudios para organizar las actividades culturales. Y mi padre no volvió a pagar un duro por mi educación. Al terminar la carrera fui nombrado médico del colegio, con un pequeño sueldo. Catorce años pasé allí. Se dice pronto. Sólo tenía la ventaja de disponer de un cuarto de trabajo con aire acondicionado. Un lujo, aunque hacía un ruido terrible». Claro está, sufrió novatadas: «Llegó un momento en el que me daba pena a mí mismo... No sé. Por ejemplo, te levantaban de madrugada desnudo y te daban una ducha fría y dejaban jabón en el suelo para que resbalases... O te hacían medir el inmenso hall con cerillas, y al final llegabas a la ocho mil doscientas cuatro y te decían: "No, son doscientas dos", y a empezar otra vez. Luego te resarcías cuando eras tú el que las maquinaba...».
Asturias tiraba de él, y no sólo por morriña: «Tenía novia en Oviedo, y venía con frecuencia, porque era muy guapa y no quería dejarla sola mucho tiempo... Ella también iba a verme a Madrid, y así pasamos siete años, un amor a distancia, sin las facilidades que hay ahora de transporte, pero nos sacrificamos, porque era mejor esperar y casarnos cuando sacara las oposiciones». Constancia, sin duda: en el amor, en la amistad, en el trabajo, en las ideas. En su compromiso con Asturias: «Cuando vine de catedrático, tenía miedo de que el traslado cercenase mi carrera, muy activa en Madrid, e incluso mi vida personal, porque tenía más amigos allí, y por eso me empeñé en que trabajar aquí no fuera nunca una limitación. Pensaba que prestigiando un sitio, aunque no se trate de una capital grande, vendría gente de todo el mundo igualmente. El otro día recibí un e-mail de Colorado pidiéndome un trabajo, y al final me preguntaban: ¿y dónde está Asturias?».
La medicina siempre estuvo en su mente, velar por los ojos ajenos. «No oía otra cosa en casa, iba a la consulta a ver trabajar a mi abuelo, que me dictaba las recetas... Una armadura pantoscópica, decía, yo apuntaba, y él firmaba. Pero al empezar la carrera me pregunté: ¿y si hay algo que me guste más que la medicina, y no lo sé porque no lo he probado? Así que empecé también Económicas, y casi me muero. Así que no me arrepiento de mi decisión, ni tampoco de especializarme en Oftalmología, porque tiene una parte clínica, otra quirúrgica y una tercera de investigación. Todo en uno. De no ser médico, me habría dedicado a la empresa, pero no me sentiría tan a gusto». Además, está el contacto con el paciente: «Es muy gratificante ayudar a la gente, y más cuando se trata de algo tan delicado como la vista». Miradas que atan.
De los éxitos «te olvidas pronto, pero si algo sale mal, no lo olvidas fácilmente, le estás dando vueltas y vueltas, te preguntas si fue culpa tuya por un gesto no adecuado o por que algo no salió como tú pensabas, aunque todo se hizo bien. El 99,9 por ciento de las operaciones sale bien, pero lo que falla es lo que te hace sufrir las coronarias. Me cuesta desconectar. Mi mujer, Vicky, me riñe mucho por eso, pero es normal: llego a casa sin poder quitarme de la cabeza todas las decisiones tomadas rápidamente, el vértigo de ponerte siempre a prueba... Menos mal que tengo una ventaja: no suelo cansarme nunca. Vamos, que si mi mujer me pregunta si vamos al cine, le digo que sí, encantado». Hay momentos que cuesta borrar de la memoria. Que no se borran. Por ejemplo, «las patologías de los niños. Un crío ciego al que no puedes ayudar te encoge el alma». Y donde no llega la medicina, llega «el cariño, la comprensión, eso que no se enseña en los libros y que consiste en ponerte en el lugar del paciente para entender sus miedos, sus lágrimas». Sus dos hijos, Luis y Andrés, también serán médicos. Estudian en Madrid: «Soy bastante controlador, y decidimos que fueran allí para no agobiarlos. Sin egoísmo. Haced lo que queráis, les dije, pero me vais a obligar a trabajar hasta que no pueda con los calzones, si elegís Medicina, porque habrá que mantener esto abierto para vosotros». Y el día se desvanece rápidamente para una mente rápida que no tiene tiempo que perder: «Mis amigos se cansan sólo de escucharme decir todo lo que he hecho durante el día».

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