Náufragos del diario Tino Pertierra Presentimiento

19.05.2008 | 02:00
Náufragos del diario Tino Pertierra Presentimiento
Náufragos del diario Tino Pertierra Presentimiento

Íñigo: «Casi nunca me equivoco cuando se trata de hacer caso a un presentimiento. Suelo hacerle caso y así me he evitado muchas situaciones desagradables, o incómodas. Incluso, alguna que otra de cierto peligro. Creo que lo heredé de mi madre. Mi madre tenía un sexto sentido para captar mensajes de la energía universal, como ella lo llamaba. Cuando sonó el timbre mientras me probaba el traje de almirante para la primera comunión, se clavó un alfiler en un dedo y al besar la sangre una lágrima murió en sus labios. Tu padre ha muerto, dijo con voz queda, y era cierto, y su lágrima de sangre anunció tiempos muy duros que me enseñaron a desconfiar de mundo y a protegerme con doble coraza contra los ataques de la inmundicia. La invitación a asistir a la conferencia del poeta Faustino Vázquez vino de manos amigas, o eso creía, pero en el mismo momento en que acepté supe que era un error. El presentimiento había llegado demasiado tarde, y no supe o no quise o no pude rectificar, tal vez porque me asaltó la idea de que a semejante acto pudiera asistir Rosa. Oh, sí, disculpad mi debilidad, a estas alturas de la vida aún tengo tentaciones de hurgar en la nostalgia a ver qué sale de ahí. O qué permanece dentro.


La poesía no hay que entenderla, dijo el gran poeta al iniciar su conferencia, hay que sentirla, y desde mi butaca en la última fila del salón de actos tuve la tentación de soltar un sonoro bostezo que irrumpiera como un disparo en el silencio cadavérico que me rodeaba. Sólo aguanté diez minutos. A la quinta pedantería lírica me levanté y salí al pasillo a fumar un cigarrillo. Había olvidado que no fumaba desde que Rosa se fue. ¿O me fui yo? Qué juguetona es la memoria cuando se trata de repartir responsabilidades. Rosa siempre me las adjudicaba todas cuando estaba en juego la convivencia. Bueno, nunca se lo reproché porque era la típica mujer perseguida por una bola de nieve desde la infancia, desde su triste infancia con un padre abominable. Siempre me inquietó la posibilidad de que ella viera en mí rasgos de su progenitor, al menos en lo que a sentimientos se refiere. Te vi entrar, dijo a mis espaldas, y estaba segura de que te encontraría aquí. La certeza de que mi presentimiento era un traidor me clavó una estaca de hielo en el espinazo».

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