Los tesoros de Indiana

Las calaveras de cristal, el Santo Grial y el Arca de la Alianza siguen siendo polémico objeto de debate entre arqueólogos

 
Un Ford casi treinta años más joven desafía los secretos del Arca de la Alianza.
Un Ford casi treinta años más joven desafía los secretos del Arca de la Alianza. 
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El Arca de la Alianza, las calaveras de cristal que hablan y cantan o el Santo Grial, en el que Cristo bebió en la última cena, son los grandes hitos de la actividad investigadora de Indiana Jones, al que Spielberg ha resucitado para poner en pie la cuarta entrega de la saga. Pero, más allá de su papel cinematográfico, se trata de enigmas arqueológicos que han hecho correr mucha tinta y kilómetros a los profesionales.

Madrid, M. S. CARDIEL


El verdadero tesoro resultó ser el propio Indiana Jones, que amasó más de 1.100 millones de dólares en las taquillas, pero los misterios del Santo Grial, la Calavera de Cristal y el Arca de la Alianza siguen siendo objeto de debate arqueológico. Aunque la hábil narración de Steven Spielberg haya cerrado con convicción cada aventura del arqueólogo más famoso y atlético del cine, las excusas sobre las que ha hilado la tetralogía de Indiana Jones buscan todavía la explicación definitiva para desvelar los enigmas.


La calavera de cristal de Akaton, que centra el interés del doctor Jones en su celebrado regreso, y, fuera de la pantalla, tres de las trece calaveras que supuestamente existen -y que son capaces de hablar y cantar- se encuentran en los museos Quai Branly, de París; el British Museum, de Londres, y el Smithsonian, de Washington.


Procedentes de las culturas azteca y maya, están relacionados con los itzas, unos personajes que, según la leyenda, provenían de la Atlántida y trajeron en ellas el conocimiento a la Tierra. El mito asegura que juntar las trece calaveras conseguiría detener el mundo, algo que de momento no sucederá porque un análisis reciente reveló que las piezas exhibidas en los tres museos fueron talladas, probablemente, en Europa en el siglo XIX.


«Estas calaveras de cristal de cuarzo generaron gran interés y fascinación cuando empezaron a aparecer en las colecciones públicas y privadas de la segunda mitad del siglo XIX», pero «parece improbable que (las reales) existan, ya que ninguna ha sido encontrada entre las numerosas y precisas excavaciones arqueológicas», informa el British Museum en su página web.


Pero todo empezó con el Arca de la Alianza, que, ateniéndonos al desenlace de «En busca del arca perdida» (1981), permanece en un almacén de EE UU camuflada entre objetos sin especial valor.


En realidad, el paradero del cofre de acacia negra en el que, según el Antiguo Testamento, se guardan las tablas de la ley sigue siendo un misterio. La Biblia pierde la pista del arca en la época de Salomón, y aunque hay teorías que afirman que permanece oculta en Jordania estudios arqueológicos desvían la atención hacia Etiopía.


Recientemente, investigadores de Hamburgo han encontrado allí restos del palacio de la legendaria reina de Saba en la ciudad santa de Axum, al norte del país. La religión copta de Etiopía asegura que de la breve relación entre la reina y Salomón nació un hijo, el futuro Menelik I, rey de Etiopía, quien supuestamente se trajo el arca desde Israel y la guardó en el templo ahora descubierto.


Pero la cotizada reliquia, se cree en Etiopía, estaría en la iglesia de Nuestra Señora de Sión, en Axum, donde es custodiada por la única persona autorizada para verla o tocarla, un sacerdote descendiente directo de los levitas, la tribu de Israel responsable de su cuidado desde que fue construida para acoger los diez mandamientos.


En 1989, Harrison Ford, con ayuda de su padre, interpretado por Sean Connery, buscaba otra reliquia: el Santo Grial, la copa en la que Jesucristo bebió el vino en la última cena y que, según Lucas y Spielberg, estaba tallada en madera trabajada por san José.


Aunque en la película acababa escurriéndose entre las grietas de un templo en Alejandreta (Turquía), su existencia es más dudosa debido a la ausencia de referencias directas en la Biblia. En el siglo XIII, Wolfram von Eschenbach desató la presumible leyenda con su poema épico «Parzival», inspirador de la ópera «Parsifal» de Wagner, y la primera tentativa de vincular el Santo Grial con la orden de los templarios y las cruzadas medievales. De hecho, templarios italianos aseguraron en 1995 que el legendario cáliz se encontraba bajo su custodia en Roma desde los años setenta.

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