Sociedad anónima eduardo lagar Sue Tilley

 
Sociedad anónima eduardo lagar Sue Tilley
Sociedad anónima eduardo lagar Sue Tilley  

Sue Tilley, funcionaria inglesa de 51 años, es supervisora de Bienestar Social con oficina en la calle Dinamarca, barrio de Candem Town, Londres, donde lleva 25 años de trabajo soporífero. La llaman Big Sue porque pesa 123 kilos y a veces, confiesa, la insultan por la calle: «gorda de mierda». Visto así, ese cuerpo excesivo poco vale.


Dasha Zhukova es una famélica pija rusa de 26 años. Tiene un cuerpo que cotiza alto en el muy humano mercado de la carne. Pero eso es lo de menos. Podría ser paquidermo como Big Sue y nadie se atrevería a insultarla por las calles de Moscú. Su papá la mima: Dasha nació acolchada por la fortuna de su progenitor, Alexander Zhukov, magnate del acero, la banca y el petróleo y recluso por traficante de armas. Por si fuera poco, la pequeña Dasha se ha dotado ahora de una doble capa protectora de millones al ennoviar con Roman Abramovich, dueño del Chelsea, multimillonario, propietario por capricho de Dasha y, entre otros muchos bienes, también del castillo de Vlad el Empalador (Drácula), Transilvania, sin número.


Abramovich, que lo puede comprar todo en este mundo, sabe que su lolita de labios gordos quiere ser galerista de arte, así que acaba de adquirir para la niña Dasha el cuadro más caro que se haya subastado. Por 21,5 millones de euros -plusmarca mundial- le ha puesto en bandeja un retrato obra del pintor Lucien Freud donde se ve a una inmensa mujer desparramándose en un ajado sofá. La modelo retratada posó casi siempre dormida durante 1.000 horas, a cinco euros cada una, hasta que Freud convirtió sus ordinarios michelines en un fortunón. Esa modelo se llama Sue Tilley. Es Big Sue la funcionaria de 51 años a la que insultan por la calle por haberse echado encima 123 kilos: «gorda de mierda».


Big Sue ha donado su cuerpo al arte y, de paso, ha dejado que obrase en ella uno de sus extraños prodigios: cuando se mira todos los días al espejo puede deleitarse pensando cómo Roman Abramovich ha sido capaz de pagar por sus muchas y despreciadas carnes el mismo y desmesurado precio que Dasha exige por gozar de las pocas y selectas suyas.

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