Náufragos del diario

Temblor

26.05.2008 | 04:51
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Martín: «¿Siempre pasearé triste y cabizbajo por mi calle cuando algo me salga mal?, me preguntaba mientras caminaba triste y cabizbajo por mi calle esta mañana, después de escuchar una vez más la voz de Nuria pidiéndome que dejara un mensaje en su buzón de voz, señal inequívoca de que no estaba dispuesta a compadecerse de mí. Señal, tal vez, de que disfrutaba con mi tenacidad al intentar entablar comunicación con ella tras la gran ruptura. En fin, supongo que estoy cerca de superar mi límite diario de autocompasión, y que pronto estaré en condiciones de volver a mirarme al espejo para afeitarme, abandonar la comida basura que deja el fregadero lleno de restos propios de un naufragio, planchar las camisas antes de ponerlas y cambiar de calcetines más de una vez a la semana. No voy a negar que mi aspecto es patético, pero no me resigno a alcanzar pronto la condición de grotesco. Lo cual me anima, en cierto modo, porque demuestra que aún conservo ciertas dosis de humor. Negro, pero humor al fin y al cabo. Cambio de canal después de cinco minutos observando las acrobacias de una pareja en una película porno de un canal cutre y me encuentro con algo parecido a un predicador de mirada torva y voz cavernosa. Todo el mundo sabe que va a morir pero nadie se lo cree, gruñe. Qué gran verdad, pienso antes de darle una oportunidad a un programa de entrevistas en el que un escritor de libros de autoayuda mira fijamente a la cámara para demostrar lo mucho que le han servido los cursillos de comunicación. Cuando aprendes a morir, sentencia, aprendes a vivir. Vamos mejorando, pienso, y después de pasar de puntillas sobre tres películas de terror, dos de kungfú, cuatro teleseries y otra película porno de espeleología íntima, me detengo en el careto de una mujer de aspecto beatífico. Si aceptases que puedes morir en cualquier momento, dice con una sonrisa inquietante, tal vez no serías tan ambicioso. Apago el televisor, angustiado y casi tembloroso. Vuelvo a teclear el número de Nuria y un segundo antes de abandonar, su voz me abre la puerta. Qué quieres, dice con voz agria, pero expectante. Y yo apago el móvil, tembloroso y casi angustiado».

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