Náufragos del diario

Al banquillo

27.05.2008 | 05:10
Al banquillo
Al banquillo

Diana: «Me considero una persona extremadamente comprensiva a la hora de valorar las meteduras de pata ajenas. Nadie está libre de decir bobadas, y yo la primera, pero lo que me cuesta aceptar es que se digan con tanto énfasis que luego sea difícil dar marcha atrás sin que los demás se den cuenta. Los políticos son unos expertos en ese ejercicio de ida y vuelta permanente, subrayan con la palabra y el gesto las tonterías que cruzan por su cabeza o que algún asesor despistado les pasa en forma de idea genial. Las ideas geniales suelen conducir a estupideces garrafales en política. Lo malo es que luego no se olvidan de cambiar el chip y llegan con él a casa. Y aquí debo confesar que estoy casada con uno de esos vendedores de humo que enfatizan su palabrería. Estoy acostumbrada porque mi padre era también así -abogado de cierto renombre, llegó a hacerse inseparable de sus propias mentiras y se inventó una triple vida que mi madre consintió desde una devoción conmovedora y penosa- y mi hermano mayor, periodista de un diario sensacionalista, llevaba al papel impreso la fantasía de los cuentos con los que me dormía por las noches. Rodeada de embustes, lo único que pido es que al menos sean inteligentes, y no imbecilidades repetidas con una convicción que revela una absoluta falta de respeto hacia los demás. Pero no aprendo. Mi amante de esta primavera es entrenador de fútbol -uruguayo, para más señas- y cada vez que leo las chorradas que dice después de cada partido, me entran ganas de echarlo de la cama. "Esta ilusionante e instructiva derrota no es un fracaso", dijo tras perder 6 a 0 contra un equipín, "es el éxito aplazado de un proyecto consciente que busca la gloria". Esta noche chupará banquillo».

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