Un millón Javier Cuervo El arte de bajar las escaleras

 
Un millón Javier Cuervo El arte de bajar las escaleras
Un millón Javier Cuervo El arte de bajar las escaleras  

En la calle, las escaleras son barreras arquitectónicas, y en los lugares cerrados para actos públicos son, además, barreras sociales y psicológicas para evitar la isocefalia por arriba, y el mismo ras por debajo. En muchos casos no hacen falta dos niveles para ver mejor, pero sí para que el que sube se vea mejor y sea mejor visto.


En los interiores, el orden se establece al hacerlos y está en su entrada principal y su salida de emergencia, sus pares e impares, su arriba y abajo y sus estancias públicas y privadas, su «sala vip» y su «staff only».


En muchos interiores no harían falta diferentes niveles, pero sin ellos no se crearían las otras barreras. Ahí es donde entra la escalera para subrayar los distintos niveles y la rampa para salvarlos. Cegados por la metáfora vital de la escalera con su empinados y sucesivos escalones, la rampa parece floja de moralidad.


Pero la escalera es difícil de subir y también de bajar y por eso Fidel Castro pasó a Youtube dando traspiés ante su partido en Cuba y por eso Juan Carlos I anda por los telediarios cayéndose delante de los empresarios en Barcelona. Solidariamente, el Telediario mostró tropezando en el mismo acto a Jordi Pujol y a Pasqual Maragall, ex presidentes de la Generalitat de Catalunya. No explicó el informativo el orden de tropezón para saber si el Rey estaba avisado por sus predecesores o si éstos no quisieron caer menos que su Majestad. Del Rey abajo, todos.


Cuando se establece una diferencia de nivel entre las personas y se refrenda arquitectónicamente con una plataforma en altura, siempre se corre ese riesgo y da la sensación de que la preparación que reciben los destinados a ascender cubre la subida pero no la bajada.


Hasta que no se impongan las rampas para salvar las alturas de las tarimas, los púlpitos y los estrados, los catedráticos, los oradores y los dignatarios tendrán que contar con la caída por las escaleras como un accidente laboral. Por ventura, ahí la seguridad en el trabajo funciona y siempre hay alguien para socorrerlos de todo, excepto del regocijo de verlos tropezar.

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