Sociedad anónima eduardo lagar Tim Yeo

31.05.2008 | 02:00
Sociedad anónima eduardo lagar Tim Yeo
Sociedad anónima eduardo lagar Tim Yeo

Al azar, jugando a la mano inocente de cualquier rifa, se busca en el inmenso bombo donde se sortea a diario el infortunio humano y sale, por ejemplo, el nombre de He Chenxi, 26 años, trabajadora del Banco Agrícola de Baichuan. Es uno de los cientos de miles de chinos arrollados por el terremoto del suroeste del país. Ella, al menos, salvó la vida. De los brazos de la muerte la rescató su novio, Zhen Guangming. Pasó 104 horas sepultada bajo 20 metros de hormigón. «Estoy decidida a vivir», se repetía en aquella oscuridad.


Vivió, sí. Vivió para ver cómo otra palada colmada de seres humanos caía en las calderas de la muerte, esa máquina alimentada abundantemente a través de la historia tanto por los caprichos de la tierra, sus virus y catástrofes como, sobre todo, por la acción del hombre contra sí mismo. Y He Chenxi también vivió para ver cómo como ella y sus seres queridos caían en la miseria de cascotes y barro que sigue a un terremoto. Pero eso no es nada nuevo. Ni sería nuevo si He Chenxi hubiera sobrevivido a Hiroshima o Darfur. Lo nuevo es que, al otro lado de la tierra, hay un diputado conservador británico de 62 años llamado Tim Yeo que tiene la solución a todos los problemas de He Chenxi y a los de todos los pobres que en el mundo han sido, son y serán.


Yeo fue a mediados de los noventa ministro británico de Medio Ambiente. De aquélla, tuvo que dimitir porque andaba predicando el retorno a los «principios esenciales de la sociedad» y resultó que apareció una relación extramatrimonial con hija incluida. Vaya, hombre, vaya.


Se ignora qué fue de aquello; si le pusieron las maletas a la puerta -tenía mujer y dos hijos «oficiales»- o cómo lo arregló Yeo, pero ahora resurge su figura como defensor del medio ambiente gracias a una innovadora propuesta. Yeo lidera un comité parlamentario que acaba de proponer al Gobierno británico imponer a cada ciudadano un límite máximo anual de emisiones de CO2, una suerte de puntos que cada uno habrá de administrarse a modo, según su gasto en combustible o en la factura de la luz. Los diputados liderados por Yeo -que no ve límites a su libertad pero sí a la de sus administrados- quieren aplicar esta «vida por puntos» para que los británicos se lo piensen dos veces antes de encender el aire acondicionado o poner la calefacción. A cambio, proponen que aquellos que ahorren emisiones (los que no tengan calefacción ni aire acondicionado) podrán vender sus derechos de emisión a los ciudadanos más derrochadores o «energéticamente opulentos». Es decir, que los pobres podrán transformar su miseria en producto y, por tanto, en fuente de riqueza. A más pobre, más rico.

Enlaces recomendados: Premios Cine