Grado pierde a Manuela a los 113 años

l La abuela de España, una de las personas más longevas del mundo, muere el día de Reyes l De niña era pastora y por la noche aprendía a leer

 
Manuela Fernández con uno de sus familiares.
Manuela Fernández con uno de sus familiares. lorena valdés
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Grado, L. VALDÉS


Manuela Fernández Fojaco, la mujer más longeva de España y una de las personas de mayor edad del mundo, murió ayer en su domicilio de Grado, igual que vivió a lo largo de su vida: con discreción y tranquilidad.


El corazón de una de las mosconas más célebres de las últimos tiempos se paró a los 113 años. No pudo resistir los achaques que padecía. La noticia sorprendió y disgustó a la mayoría de los vecinos de Grado, acostumbrados a la presencia de Manuela Fernández, a verla en la iglesia o de paseo con sus familiares. Los moscones lamentaron el fallecimiento de una mujer que siempre llamó la atención de quienes la conocieron, por su vitalidad, su mentalidad abierta y sus conocimientos. El funeral se celebrará hoy en la iglesia de San Pedro de Grado a las cuatro de la tarde. El entierro tendrá lugar en el cementerio de Santa María de Villandás.


Manuela Fernández fue protagonista de una intensa vida. Nació en el año 1895 en Llamas, uno de los pueblos del concejo moscón. Allí pasó parte de su infancia ejerciendo de pastora y sin descuidar nunca sus estudios, a los que dedicaba muchas horas por las noches. Manuela no quería defraudar a su padre, que puso todo de su parte para que su hija aprendiera a leer y escribir. Un empeño poco habitual en la Asturias rural de la época.


La centenaria moscona siempre se caracterizó por tener una mente inquieta y un gran afán por aprender. Su vida, que puede considerarse un ejemplo de superación, dio un giro total cuando con 19 años, igual que otros tantos asturianos a principios del siglo XX, emigró a Cuba en busca de un futuro más prometedor que el que se vivía en España y en el resto de Europa, al borde de la I Guerra Mundial.


Cuando llegó a Cuba se cruzó en su vida Prudencio Menéndez, también natural de Grado, quien llegó a convertirse en su esposo. No obstante, para esta moscona casarse nunca fue una meta en la vida, al contrario de lo que casi imponía la sociedad de la época. Juntos, regentaron una tienda de ultramarinos de la que Manuela guardaba excelentes recuerdos, al igual que de Cuba.


Pero la idea de volver a España siempre rondó la cabeza de Manuela y por ello en cuanto le surgió la oportunidad se trasladó a La Coruña, en plena Guerra Civil. Al final de la contienda se marchó a Rozallana, en la parroquia de Villandás, en de donde era su marido.


Hace casi veinte años Manuela decidió instalarse en Grado para vivir con su sobrina Mari Carmen y su familia, por los que sentía auténtica devoción. Ellos nunca escatimaron esfuerzos para darle el afecto y cuidados que se merecía.


Manuela Fernández podía presumir de ser toda una mujer de mundo, y con notables inquietudes culturales: le encantaba la lectura, el teatro, la ópera y la música clásica. Fueron sus grandes pasiones hasta que la vista cansada y un oído desgastado le impidieron continuar disfrutando de ellas.


Durante muchos años, Manuela no perdonaba su veraneo en el mes de septiembre en las Rías Bajas gallegas junto a su familia.


A lo largo de su vida, presumió de una salud de hierro. Pero en los últimos tiempos tuvo que hacer frente a una enfermedad que la obligó a guardar cama y que le impidió hacer gala de esa lucidez a la que tenía acostumbrados a sus seres queridos y que tanto llamaba la atención de la gente que la trataba. Cuando alguien le preguntaba cuál es el secreto de una vida tan larga, Manuela contestaba siempre lo mismo: «Vivir el presente con ilusión y saber adaptarse a las circunstancias de cada momento. La vida es demasiado corta para tomarse las cosas muy a pecho». Una recomendación que intentó seguir a lo largo de sus 113 años.


Manuela Fernández Fojaco sopló con más fuerza que nunca las velas de su tarta de cumpleaños el pasado 18 de junio, rodeada, como siempre, del cariño de sus familiares, como si supiera que eran las últimas. Una estampa que no volverá a repetirse.

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