Evasión en dirigible de Salto del Negro

La Policía desbarata los espectaculares planes de fuga de la prisión de Las Palmas de un mafioso italiano acusado de narcotráfico

 
Evasión en dirigible de Salto del Negro
Evasión en dirigible de Salto del Negro  
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Las Palmas / Oviedo,



M. REYES / D. G.



La vida de Gregorio Saladino V. C. parece todo un misterio. Esta semana fue juzgado por tráfico de drogas en la Audiencia Provincial de Las Palmas, tiene al menos tres identidades distintas y el martes pasado fue detenido en su celda de Salto del Negro por intento de fuga, según reveló en el juicio el fiscal Javier García Cabañas, que solicitó para el acusado 18 años de prisión por usar un hidroavión para introducir en Gran Canaria 161 kilos de cocaína. El intento de evasión fue abortado por agentes del Cuerpo Nacional de Policía, pues Gregorio Saladino planeaba escapar de la cárcel con colaboración exterior, según fuentes judiciales.



La instrucción, dirigida por un Juzgado de la Península, ha centrado sus pesquisas en un grupo de presuntos narcotraficantes colombianos, con los cuales se comunicaba Gregorio Saladino -también conocido por su alias de «Giulio B.»- desde la prisión grancanaria. El acusado tenía acceso a teléfonos móviles y en el registro efectuado se le intervino un terminal. Planeaba escaparse saltando los muros sin hacer uso de medios violentos, según las fuentes citadas.



El plan de fuga era digno de las películas de gánsteres al más puro estilo. Las primeras pistas de las que dispuso de la Policía Nacional orientaron las investigaciones hacia el país natal del capo.



Las primeras pesquisas permitieron identificar al equipo de apoyo con el que contaba el recluso fuera de prisión para desarrollar el plan y llevar a cabo la evasión. Los agentes descubrieron que un grupo de apoyo, formado por tres personas, había remitido desde Bérgamo (Italia) un paquete con los instrumentos necesarios para la fuga.



La estrategia consistía en usar por radiocontrol un zepelín de 4 metros de largo, con el objeto de introducir en la celda de Saladino un visor nocturno, un equipo de escalada y pintura de camuflaje. Una vez en su poder, éste se desplazaría hasta el lugar más elevado de la prisión para acceder a un punto concreto, previamente designado y que no contara con vigilancia, y descolgarse hasta el exterior del centro. En ese momento un conductor lo recogería y se trasladarían hasta algún país extranjero que no ha podido determinarse. Una vez allí, la banda buscaría refugio y permanecería a la espera de conseguir la documentación falsa que les permitiera continuar gestionando el transporte de estupefacientes a nuestro país.



Las actividades anteriores de Saladino, que motivaron su ingreso en prisión, no son menos merecedoras de un guión sobre la mafia que bien podría estar escrito por el propio Francis Ford Coppola.



En realidad, el capo se hallaba ya en prisión preventiva. A esto ha de añadírsele ahora su calidad de detenido por un delito de quebrantamiento de condena en grado de tentativa, que se corresponde con los planes de evasión recientemente desbaratados.



El riesgo de fuga ya había quedado acreditado durante la vista oral. El tribunal rechazó que el acusado se quitara las esposas, y un operativo especial de cinco agentes custodiaba el plenario. «No transporté la cocaína que fue encontrada en el mar», declaró Gregorio Saladino.



Con esta frase, Saladino intentaba eludir cualquier responsabilidad en los sucesos que provocaron su detención, hace ya casi dos años.



Éste ha sido el punto fuerte de su defensa. Su abogado ha basado toda su argumentación en el hecho de que, efectivamente, nadie vio al presunto narcotraficante arrojar los fardos. Éstos aparecerían flotando en diferentes playas del sur de Gran Canaria, justo después de que Saladino realizase un intrépido amerizaje nocturno el 19 de junio de 2007 entre Las Burras y Bahía Feliz.



Con este argumento se pretendía desvirtuar el relato del fiscal, que sostuvo que Saladino despegó del aeroclub de Las Palmas rumbo al norte de Mauritania. Allí aterrizó, hizo acopio de la mercancía y, según el fiscal, «volvió a la isla cargado de cocaína». Luego tiró los fardos al mar porque «lo estaba esperando la Policía».



Esta conclusión coincide con lo expuesto por los expertos que analizaron el GPS de la avioneta. Además, el acusado también ha confesado que estuvo en suelo africano y que tenía tratos con colombianos, aunque no precisó si se trataba de narcotraficantes.



No obstante, esta declaración no pudo corroborarse, ya que «Giulio B.» se lo contó a un agente de manera espontánea cuando estaba detenido en Comisaría. Cuando volvió a ser interrogado por este hecho, el narco se negó a declarar.

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