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Los «juegos» artificiales

Los asturianos incendian los cielos en verano por placer y lloran la tierra herida por las llamas, crean riqueza de acero y alumbran los mejores sabores al calor del hogar

 
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Un artesano, en su fragua, en el concejo de Taramundi.
Un artesano, en su fragua, en el concejo de Taramundi. miki lópez
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POR TINO PERTIERRA A Asturias le gusta jugar con fuego. Los cielos son testigos de ello cuando llega el verano. La «descarga» de Cangas los pone a temblar y en Gijón se visten de colores. Las cascadas mateínas dan el último baño de multitudes. Que levante la mano la población que no se rasque el bolsillo para arañar nubes con ritmos voladores. Son el punto final a la avidez festiva, que abrió boca con las hogueras de San Juan para convertir en ceniza los sobrantes del invierno.

Fuego en el aire, fuego en la tierra. Asturias, patria herida por las llamas: en 2008, con 1.115 siniestros registrados hasta principios de noviembre, el Principado desbancó a Galicia a la cabeza del terrorífico ranking. Hay una vulnerabilidad a los incendios forestales de más del 53,5% en el «incendiómetro» de este año. Lo que nos hace ricos nos hace vulnerables: más madera. Malos humos que nada tienen que ver con el fuego que se estremece como un animal vivo en los hornos con sueños de acero.

O con el fuego de las fraguas que convierten el rito en mito: Taramundi pasa hoja siempre al filo de la perfección y llena los cajones de media España con cuchillos y navajas que cortan un pelo. La fábrica de cuchillos sacó a la luz en 2007 nada menos que 39.418 piezas, con ventas de 307.130 euros.

El fuego que suele escasear en las temperaturas asturianas se puede encontrar como pintura hechicera en los cielos cuando el atardecer se vuelve coqueto y nos deslumbra con postales que impiden parpadear para no perdérselo. La gente del campo está acostumbrada a espectáculos así, y por sus entrañas pueden anticipar el tiempo que les espera con más precisión que los supermodernísimos meteorólogos de pantalla plana. Esa misma gente aún sabe, o recuerda, cómo las llamas son la madre de los mejores panes en hornos ennegrecidos para hacer buenas migas blancas. Y en las cocinas que aún no entienden de vitrocerámica se guarda el tesoro del hogar que convierte la leña en lumbre y calienta sabores para despegar en un vuelo de placer.

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