ANTONIO M. OTERO
El domingo por la noche al término del concierto en Santiago me venía a la cabeza la frase de Jon Landau: «He visto el futuro del rock and roll, se llama Bruce Springsteen». Pocas críticas musicales han resultado tan proféticas como acertadas. Landau, de aquélla periodista, fue fichado poco después por Springsteen como su mánager. El caso es que esas palabras son de 1974 hablando de una actuación de Springsteen en una pequeña ciudad de Massachusetts. 35 años más tarde, por increíble que parezca, el cantante y guitarrista parece aún tener el futuro del rock en sus manos, en su cabeza, en su espíritu.
Confieso también que iba un poco «mosca» al Monte do Gozo porque el anterior show que había visto del americano de Nueva Jersey, en Madrid, hace un par de años, me había dejado mal sabor de boca. El sonido en el Palacio de los Deportes resultó muy deficiente y, por si fuese poco, Springsteen estaba afectado por un catarro, con lo que estuvo lejos de su alto nivel habitual. Sólo salvé de aquélla, aparte del repertorio, a Max Weinberg, el fascinante batería, todo un espectáculo en sí mismo. El percusionista capaz de impulsar nada menos que a la «E Street Band», que no es poco.
Pero lo siento, Max, esta vez, tuviste un rival de talla, y eso que reconozco mi debilidad por ti. Springsteen estuvo como nunca lo había visto. Tan entregado como en las mejores ocasiones, pero con una categoría de interpretación absolutamente extraordinaria. Y con un repertorio que bien podría ser un catón del rock and roll porque, además de sus canciones, tantas de ellas formando ya de pleno derecho en la mejor antología del estilo, no faltaron clásicos de otros como «Twist and shout» («Isley Brothers» y «Beatles»), «Born to be wild» («Steppenwolf»), «Burning love» (Elvis Presley) o «Rockin' all over the world» (John Fogerty), para que no faltase de nada.
Y el grupo fue la máquina perfectamente engrasada que se espera de la «E Street Band», con un sonido perfecto, haciendo «muro» cuando la ocasión lo requería, como en «Adam raised a Cain», o bien exhibición guitarrera, asimismo en las piezas más adecuadas para el duelo de solos entre el mismo Springsteen, Lofgren y Van Zant, como en «Johnny 99», en una interpretación absolutamente frenética. Puede que sea la pasión, la pasión por lo que hace, la que dé la clave de concierto tan perfecto, pero de lo que no hay duda es de que Springsteen fue más que santo en Santiago. Fue dios. Un indiscutible dios del rock.