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Temblor

 
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TINO PERTIERRA El padre Juan tuvo claro desde muy joven que lo suyo no era enclaustrarse para dar misas, rezar el rosario y confesar a cuatro beatas para dejarlas a punto para repetir pecados. Tampoco se imaginaba lamiendo báculos para ponerse morado ni ocupar alguna oficina en la que gestionar las cuentas de la fe. Le gustaba decir que lo suyo no era el clero, sino el evangelio. Dar de comer, no bisbisear el padrenuestro. Compartir temblores, no templos. Creía en Dios porque creía en el hombre. Y rompió con todo y con todos (incluida su querida y en cierta medida sagrada madre, que soñaba con verlo en los pasillos dorados del Vaticano) para irse a América. Eligió el país más peligroso, el más herido, el más incrédulo ante la llegada de una sotana. Él no la llevaba y eso quizá le salvó más de una vez de acabar tirado en una cuneta crucificado a balazos. No tenía miedo. Sabía que su elección no era el mejor camino para llegar a viejo, pero no le importaba. La idea de dedicarse a una vida radicalmente cristiana le llenaba más que la perspectiva de pasar noventa años lavando conciencias y reconfortando almas que sólo se preocupaban por el más allá cuando veían las orejas al lobo. Allí, en el mismo corazón de la miseria, el odio, la injusticia y el miedo, el padre Juan confirmó sus sospechas de que el verbo amar se conjuga mejor cuando estás dispuesto a dar tu vida por alguien de quien sólo conoces su mirada de infinita tristeza. A los pocos meses de llegar al infierno, donde el destino de un hombre tenía el mismo valor que el de una rata, el padre Juan se encontró con los cañones de una recortada pegados al ombligo. Dame lo que tengas de valor, ordenó el hombre de ojos azules que empuñaba el arma. Dispara entonces, dijo, la vida es lo único que tengo de valor. Mucho tiempo después, el padre Juan fue quien cerró con dos dedos ensangrentados los ojos azules de aquel hombre, acribillado por la Policía al poco de dejar la guerrilla. Si existe tu Dios le daré recuerdos, le dijo antes con su último aliento, y el padre Juan le apretó las manos para temblar juntos.

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