TINO
PERTIERRA
«Luisma» escuchó en un programa batiburrillo de radio veraniega que, a nivel genético, las vacas y los humanos se diferencian sólo por dos líneas de ADN. Sea cierto o no, «Luisma» siempre sintió una afinidad evidente por las vacas, y, de hecho, las considera inteligentes y sensatas. Realistas al máximo. Ante la vida sólo cabe una postura como la que adoptan las vacas en su rutina diaria: ocupar plácidamente un lugar que les permite cumplir con sus necesidades fisiológicas sin preocuparse por lo que hay al otro lado de la cerca, asumir con indiferencia que las ordeñen para que otros saquen provecho a su costa sin más pago que el de su manutención y tirar del carro, si se lo exigen, con la resignada cachaza de quien sabe que rebelarse no da más que problemas. Así se comporta la mayor parte de personas con las que trata a diario. Se quedan en su parcela del campo cuando así se lo dicen, comiendo y rumiando sin más esfuerzo que el imprescindible para ahuyentar moscas con el rabo, mirando el mundo con expresión de supremo desdén, que es una variante del sometimiento. Permiten que les extraigan lo que puedan tener de valor sin preocuparse por nada más que terminar el día sin sufrir daños irreversibles, y cuando sienten detrás un gran peso del que tirar, lo hacen sin plantearse en ningún momento plantarse. «Luisma» se pregunta a veces, cuando se aburre de rumiar y rumiar, qué es mejor, si vivir como una vaca que conoce las reglas del juego y disfruta de lo bueno que tiene su plácida y ordeñada vida, o rebelarse, luchar, desafiar. Pero la duda le dura poco. Sólo tiene que acordarse de su hermano Agustín. Harto de sí mismo y sus alrededores, decidió saltar el cercado y huir del yugo que querían imponerle y las flechas que le disparaban. Murió en la India, viajaba en un tren que se despeñó. Todos dijeron que estaba como un cencerro, y, aunque «Luisma» siempre lo admiró y respetó, tenía muy claro que prefería ser una vaca con agua y yerba siempre cerca.