LADISLAO DE ARRIBA
Es curioso que esto del bailar (a lo «agarrao», desde luego) no es práctica exclusiva de la juventud. A los mayores siempre les encantó bailar, salvo los que andan en silla de ruedas o con tacataca. No hay más que observar en las bodas: un vals con los novios, un pasodoble entre cónyuges y lo que haya menester con fémina (si eres varón) y con mozo guapo y juncal (si eres señora otoñal).
En los agostos de aquellos años (de los que tanto me gusta escribir) también bailaban los que habían pasado la línea roja de los sesenta. Los mozos les llamábamos «los chorones» y no recuerdo si en El Japonés o en el Grupo, se había institucionalizado una verbena dedicada a ellos. Y algunos bailaban mejor que todos nosotros.
Vamos a echar una pieza, ordenaba la parienta. Y, si la pieza era polka, vals, danzón o pasodoble, lo bordaban. Fallaban en el twist, el rock y el heavy metal. Y en los tangos, algunos que habían emigrado a la República Argentina hacían «firuletes», que son esos pasos endiablados que trenzan piernas y tienen algo de circense.
Donde los otoñales hacían el ridículo era con un baile de origen portugués que se denominaba «El Tiroliro» a los que los gijoneses habían puesto letra y que empezaba así:
«Juntáronse en una esquina / La Perala y Marcelina», etcétera, etcétera.
En los boleros se bailaba «de cachetín», es decir, «chick to chick» y los mayores se emocionaban recordando tiempos de mocedad y soltería, y los hijos y nietos que los contemplaban decían: «Fíjate los abuelos, todavía...».
Había muy buenas orquestas: «Manolo Bell y sus muchachos», «La Plantación», la «KDT», y de las locales «Gajardo y los Cuban Boys», y Antolín de la Fuente que sonaban a música celestial.
A las 2 de la madrugada, don Camilo, que era el ministro de la Gobernación, mandaba apagar luces y altavoces. Y, si hacía buena noche, a pasear por El Muro.