JAVIER CUERVO
Antes de las 11 de la mañana del pasado 19 de abril, el humorista Julio Rey ya había desayunado, ya se había vestido y llevaba un rato leyendo los periódicos, dispuesto a disfrutar del aburrimiento de un domingo.
Los domingos eran un lujo reciente porque durante muchos años su socio, José Gallego, y él habían hecho una tira de fútbol totalmente pegada a los resultados de los partidos de Liga. Pero ya no. Un cuarto de siglo después de haber sido casados profesionalmente por Pedro J. Ramírez en el desaparecido «Diario 16» habían logrado un estatus razonable para dos debutantes en la cincuentena: trabajar de lunes a viernes en «El Mundo», aprovechar los sábados para acabar los flecos que pudieran quedar de sus otras colaboraciones en «El Jueves», «Semana» y «Marca» y habitar el palacio de Topkapi que puede llegar a ser un domingo libre.
Pero a las 11 de la mañana del pasado 19 de abril Julio Rey sintió arrancar desde dentro de su cuerpo un dolor horrible e inédito que ese mismo día fue incapaz de describir a los médicos y para el que aún no ha hallado palabra que lo defina.
Entre ese dolor y las náuseas pasó a un estado de conciencia diferente. Su mujer, Soledad Ramos, le ayudó a llegar al Megane Grand Tour negro que condujo ella desde su casa, a las afueras de Madrid, en la carretera de Valencia, hasta las urgencias del Hospital Gregorio Marañón.
Las urgencias estaban colapsadas. Notó que esperaba, no sabe cuánto.
Siete u ocho médicos rodeando su camilla le preguntaron si su dolor había sido como un puñetazo o como un aplastamiento. Contestó lo que pudo y supo que le tocaba entregarse, dejarse llevar.
Techo de ascensor.
Anestesia local en la ingle.
Se sentía un cuerpo manipulado y a la vez una persona atendida.
En un momento experimentó una impresión violenta, empezó a hiperventilar y le colocaron unas gafas nasales de oxígeno.
Luego, mejor.
Un hada madrina que resultó ser enfermera le preguntó si se encontraba bien y él percibió un interés en esas palabras que le dio comodidad. Le habían bajado a la unidad de cuidados intensivos, un escenario aséptico, muy moderno en el que se sintió seguro.
Cuando entró su mujer, Julio Rey lloró de una emoción muy primitiva en la que se atropellaron la alegría y el amor.
Qué guapa estás con gafas, alcanzó a decir.
Soledad iba con Álvaro, el hijo mayor de la pareja, 23 años. Le dejaron entrar porque está en Protección Civil.
Julio Rey sufrió un infarto por una obstrucción en la arteria coronaria derecha. En el Hospital Gregorio Marañón -que define como el mejor de Madrid y ahora sabe que su servicio de cardiología está entre lo mejor de Europa- le metieron un catéter por la arteria femoral y lo llevaron hasta el corazón, le quitaron el tapón que estuvo a punto de matarlo y le instalaron un «stent», una pieza similar a un muelle que evita que se vuelva a cerrar. Media hora de operación. Hace 10 años le habrían abierto el esternón para operarle.
Rey pasó dos días en la uci y otros dos en la quinta planta, sólo parcialmente consciente del aluvión de afecto y atenciones que recibió su mujer y por el que rebosa agradecimiento. Aunque en cuidados intensivos sólo permiten las visitas de los familiares más directos del enfermo, Gallego -que se echó a llorar cuando Soledad le informó por teléfono del infarto de su socio- entró a ver a su guionista. Y salió con el guión de la colaboración de «Semana». Se esperaba la visita de Sarkozy y en la soledad de la uci, sin nada que leer, ver ni oír, Rey imaginó a Carla Bruni tocando la guitarra y a la Princesa Letizia tocando la gaita. A Pablo, el hijo pequeño de Rey, que tiene 19 años y hace Sociología, se le escapó el comentario «no tiene remedio».
El asesino frustrado de Julio Rey -que dejó de fumar hace 20 años, de ser fumador pasivo desde que hay redacciones sin humo y que no bebe alcohol- ha sido el sedentarismo que le permitía estar, sin parar, sentado, desde el garaje de casa al aparcamiento del periódico, desde las cuatro de la tarde hasta el cierre, informándose en la web y con los periodistas hasta idear la tira, para luego ir a la tertulia de Radio Nacional de España y de vuelta a casa. Tenía unos niveles muy bajos del colesterol bueno, que sólo se produce con ejercicio.
El infarto asesinó su adolescencia demorada. La mantuvo muy viva hasta que cumplió los 50 años y se le estaba quitando con sosiego y madurez. Ahora está enterrada por la constatación de la pérdida de la inmortalidad. Se siente enriquecido por ese conocimiento. No es el único. Sabe por su dieta que sin sal ni azúcar la vida es más sosa y menos dulce y, por el reposo, que la noticia se mastica mejor en la redacción pero se digiere mejor en casa.
No tiene dudas existenciales ni está desorientado respecto al mundo o a su vida, pero siente que se ha puesto en marcha un reloj de arena.