JAVIER CUERVO
En el periodismo hay pequeños y grandes objetivos. Entre los pequeños, estaría colar «por doquier» en un titular de primera página, aunque fuera «H1N1 por doquier», la mitad de catastrofista de lo que anuncia Margaret Chan, presidenta de la OMS y nuestra señora de la vacuna.
Algunas palabras no hay manera de echarlas del oficio y otras nadie las usa. A raíz de un doble parricidio en Granada, brotó en titulares «aperos de labranza». Los aperos son «el conjunto de instrumentos y demás cosas necesarias para la labranza». Hasta la cuarta acepción, el Diccionario no deja que sean aparejos de otros oficios. En el desarrollismo urbanita nos dieron acuñado «aperos de labranza» como algo propio del campo que habitaban los «rústicos labriegos». Después de tres días se identificó el apero, una azada. A lo mejor, ya nadie sabe lo que es. Pequeños objetivos.
Entre los grandes objetivos del periodismo figuraba el bikini de María Teresa Fernández de la Vega, vicepresidenta del Gobierno, con ella dentro. Se logró la semana pasada. España se entiende mejor a partir de ese documento (gráfico) porque cumple con el objetivo de explicar la realidad que se ha impuesto (del verbo «imponer», no de tributar) el periodismo de pago.
El periodismo de bikini no es «low cost»: hay muchos profesionales esforzándose en conseguir una pieza de las dos piezas durante horas y jornadas. Al principio del verano se calculó lo que se pagaría por el bikini de doña Letizia -con doña Letizia puesta, etcétera- y era un pastón. La verdad y la libertad cuestan dinero.
Si la agencia oficial de noticias se lanzase a conseguir el bikini de Soraya Sáenz de Santamaría -rival parlamentaria de la Vicepresidenta- se ampliaría la persecución del Estado al PP, un partido que perdió el Gobierno por conspiración. Pero al periodismo oficialista no le interesa explicar el mundo, ni hacer más libres a los ciudadanos.