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Nubes

 
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TINO PERTIERRA La casa aún olía a despedida. Era un aroma permanente desde hacía tres años, dos meses y siete días. No le costaba llevar bien las malas cuentas. Después de todo, una parte de su éxito profesional se debía a su habilidad pasmosa con los números. Era la mejor en el colegio, y no lo fue en la Universidad porque le tocó en suerte a una especie de Einstein con faldas que se llevaba las matrículas de calle. Claro, no tenía distracciones, sólo pensaba en estudiar y estudiar y estudiar. Lucía estudiaba y, sin pretenderlo, atraía a los hombres porque se cuidaba muy mucho de que su atractivo natural quedara resaltado por un maquillaje impecable y un vestuario que sabía ser informal sin desprotegerse contra la vulgaridad. Genes de calidad y una hermana que devoraba revistas de estilismo tenían la culpa de aquel cóctel explosivo. En cuarto de carrera tuvo un bajón porque uno de los estudiantes que pasaba por sus brazos sin dejar más huella que unas arrugas de más en las sábanas tuvo la ocurrencia de dejarla embarazada. Un error en cadena que desencadenó un desastre. Se casaron, y su brillante porvenir se quedó en un currículum del montón. Su hijo murió al nacer y su matrimonio aguantó diez años más, de alguna manera ella y su marido sentían una extraña culpabilidad, como si pensaran que la criatura había intuido que llegaba a un hogar falso y había preferido no terminar el viaje. Gabriel se fue una mañana mientras ella desayunaba. Se quedó en el umbral de la puerta de la cocina, ella untaba una tostada con margarina y levantó la vista cuando se dio cuenta de su presencia. Muy quieto, con una bolsa de viaje en una mano y el maletín del ordenador portátil en la otra. Lo siento, dijo, y ella asintió. Las soledades saben de sobra las palabras que no deben decirse, y el silencio es el mejor de los vocabularios. El menos cruel.

Lucía abrió la puerta de casa. Cruzó el pasillo. Salió a la terraza. La ciudad era un cementerio de luces y sombras por el que su mirada vagó sin fijarse en que una luna espléndida rasgaba las nubes, chapadas en plata.

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