TINO PERTIERRA
Soñó con un lugar donde los sueños no se pierden en la distancia y la piel siente al instante que está en el sitio correcto y el momento adecuado para encontrar la verdadera razón de ser, su explicación de por qué y para qué y para quién existe. Cuestión de temperaturas, de tacto, de presentimientos y también de advertencias, vestigios de señales que el destino lanza por si acaso alguien tiene la insensatez de advertirlas. Soñó con un lugar donde el tiempo admite su derrota y se hace irrelevante, donde el viento sabe tu nombre y la lluvia es aliada de tus estados de ánimo. Soñó con un lugar donde cada despertar abría las puertas a una nueva oportunidad de abrir los ojos a horizontes por descubrir, a territorios sin explorar, a fronteras que cruzar. Soñó con un lugar donde la mentira era innecesaria, donde la desconfianza perdía su razón de ser, donde el fracaso no encontraba tierra donde germinar. Soñó con un lugar en el que no admitían los prejuicios ni las sentencias, un lugar sin falsas morales ni injusticias ciertas, un lugar que cerraba sus puertas a las apariencias y sólo dejaba pasar a la sinceridad sin contaminar. Sin adulterar. Sin envenenar. Soñó que despertaba sin dolor de cabeza, sin el sabor a hastío en la boca, sin quejidos de los huesos, sin deseos de volver a cerrar los ojos para regresar al silencio. A la oscuridad. A la nada. Soñó que se levantaba de la cama con un boceto de sonrisa en los labios, y que caminaba descalza hacia la ventana con ganas, por primera vez en demasiado tiempo, de ver el amanecer. Soñó que era el amanecer más bello que había visto en su vida, una lluvia escarlata mojaba el cielo, se derramaba sobre los árboles y la pradera y llegaba hasta ella para salpicarla con gotas de temblorosa calidez. Soñó que su piel se estremecía, saciada su necesidad de experiencias singulares y plenas, y que sus labios, por primera vez en mucho tiempo, se descosían de la tristeza. Y sonreían.