Gijón, Mario D. BRAÑA
En 2010, Joaquín Álvarez cumplirá 50 años en el voleibol. Medio siglo que le convierte en un pionero del balonvolea, como se conocía entonces aquel extraño deporte en Gijón y Asturias. Y ahí sigue, enseñando a niñas de instituto, con el mismo entusiasmo con el que entrenó en su momento a los mejores jugadores de España. Gracias a él, más de un chaval llegó a ser profesional del deporte, mientras que Joaquín Álvarez se conformó con hacer lo que le gustaba. Lo suyo ha sido como un sacerdocio que llevaba implícito el voto de pobreza. «Si tuviera que cobrar por el voleibol, me sentiría maniatado».
El deporte se cruzó en la vida de Joaquín Álvarez Rodríguez (Gijón, 7 de julio de 1942) en el patio del Colegio Inmaculada. Tenía 15 años y una gran curiosidad por aquel juego que había introducido un profesor sudamericano. Predestinado a la docencia, se interesó tanto por los entresijos que su etapa de jugador acabó con la mayoría de edad. Su paso a la Escuela de Maestría Industrial (EMI) sirvió para encajar las piezas de su vida: los estudios y el voleibol, ya como entrenador.
«Siempre tuve vocación de enseñante. En el deporte, más que un entrenador he sido eso, un docente», explica Álvarez, que en aquellos primeros tiempos del EMI dirigía a chavales con apenas dos años menos que él. Tiempos heroicos, en los que Joaquín y sus chicos tenían que apañarse con un balón para entrenar y otro para los partidos. «Además teníamos que pintar nosotros la cancha, o coser la red y amarrarla para que estuviera medianamente tensa», recuerda.
Pese a todo, a los dos años el EMI ya era subcampeón de España escolar y su entrenador empezaba a adquirir una fama que traspasaría las fronteras asturianas. En 1989 aceptó hacerse cargo de la selección española junior, donde pudo comprobar que con las promesas del voleibol servía el mismo método que con los chavales del colegio. Le fue bien, pero no se dejó cegar por los focos y cuando la Federación le pidió dedicación exclusiva renunció: «Era catedrático y director del Instituto Politécnico. El voleibol era pan para hoy y hambre para mañana».
De vuelta en Gijón, a sus dotes como técnico añadió la habilidad para reclutar jugadores para el primer equipo del EMI, al que llevó a la máxima categoría. Fueron tiempos de prosperidad, codeándose con los mejores en la Copa y en la Liga, pero económicamente aquello no daba para más. Álvarez, aparte de no cobrar, avaló junto al presidente parte del presupuesto en la temporada de la desaparición. Todavía lo están pagando.
«Es igual», ataja. «Seguiré en el voleibol hasta que me muera». Eso sí, con más calma, en una especie de vuelta a los orígenes. «Soy más abuelete, mucho más transigente que antes», dice en referencia al trato con las niñas a las que entrena. Ellas son las últimas de una lista interminable, que para Joaquín Álvarez es la mejor recompensa: «La mayoría me reconoce con su amistad, y a algunos les sirvió de catapulta». Es el caso de Juan Carlos Robles, un tallo de dos metros que arrebató al balonmano y acabó siendo el asturiano más internacional. Con Robles lo vio claro, pero a la mayoría le establecía prioridades: «Siempre primero el estudio. Hasta que no aprobaban, no les dejaba volver a entrenar».