TINO PERTIERRA
Echó un último vistazo a lo que dejaba atrás. Los muebles que alguna vez le llevó mucho tiempo escoger, y que significaron algo en la ceremonia de la intimidad compartida. Los cuadros colgados de la pared como recuerdos linchados por el olvido. Los mil y un objetos que fueron buscando acomodo aquí y allá hasta convertirse en invisibles, y deshabitar así tantos instantes vividos en viajes que fueron felices, o casi. Respiró el aroma de la casa, que no era el que se escapaba de los ambientadores enchufados sino de las horas que habían hecho de aquellas estancias pequeños museos privados, rincones donde la intimidad cotidiana era tan intensa que ni siguiera dejaba huella. Por qué los momentos realmente importantes son los que al final pierden su identidad para mezclarse entre ellos y formar una sensación. Momentos que pierden la fecha para extraviarse en el calendario y fundirse en la memoria hasta que un olor, un sonido, un sabor los devuelve a la vida. Había abandonado pocas casas en su vida, quizás atrapada por un sedentarismo que era posible gracias a su imaginación siempre nómada, y siempre que había protagonizado una de esas huidas (porque siempre fueron eso, siempre se escapó de los sitios) había sido invadida por el mismo desasosiego, tal vez parecido al que afronta alguien excarcelado tras muchos años en prisión. Incluso el cautiverio puede ofrecer intimidad. Abrió la puerta y cerró los ojos. Si ponía los seis sentidos en alerta, podía escuchar las voces que se quedaban a sus espaldas. Las risas. Los llantos. Los gritos. Los susurros. Las carreras sobre el parqué rayado, los roces de seda, los silencios ensordecedores, el porqué sin respuestas inocentes. Las erupciones de pasión, el desierto de sentimientos calcinados. Todo unido, incluida la desunión. Se iba pero una parte de ella se quedaba, lo quisiera o no. Sería una ausencia más, y debería aprender a vivir sin ella. Cruzó el umbral y dejó que la puerta se cerrara. Sola.