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Un momento vital

Manolo Díaz conoció a la mujer de su vida gracias a García Lorca

Rose McVeigh, protagonista de «Yerma» en un teatro de Seattle, impresionó al ejecutivo, de viaje en la ciudad
De Oviedo al cielo de estrellas pop

 
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Manolo Díaz y Rose McVeigh, al poco tiempo de conocerse.
Manolo Díaz y Rose McVeigh, al poco tiempo de conocerse. 
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Un año y medio después de los recuerdos que aquí se cuentan, Manolo Díaz, ovetense, ejecutivo discográfico, se casó con Rose McVeigh, estadounidense de Miami, actriz. Tuvieron dos hijos, Rodrigo y Tamara, e integraron en la familia a Verónica, hija de un matrimonio anterior de Díaz. Veintiocho años después, siguen juntos y muy a gusto.

JAVIER CUERVO Camino de una reunión de trabajo Manolo Díaz vio un cartel que anunciaba una representación de «Yerma». Lorca en Seattle (Washington, EE UU). Esa tarde, el vicepresidente de marketing de la multinacional discográfica de CBS para América Latina logró huir de sus ocupaciones para ver cómo se interpretaba en la educada ciudad y se recitaba en inglés el drama de una española casada ansiosa por tener unos hijos que su marido no le podía dar.

Al ejecutivo -que 10 años antes había puesto música a poemas de Federico García Lorca para el grupo «Aguaviva»- le gustó la función y quiso felicitar a la protagonista. Cuando se abrió la puerta del camerino, la actriz se parecía poco a la mujer que había visto en escena. Era una belleza fresca, juvenil, pecosa, rubia sobre minio de pelirroja, celta, como asturiana, pero más alta.

Las felicitaciones se ampliaron en presentaciones y surgieron coincidencias («vivo en Miami», «yo también», «en Coral Gables», «como mis padres») y afinidades («me interesan mucho España y Lorca», «Fui estudiante de traducción simultánea en Granada»). Se intercambiaron los números de teléfono y quedaron en llamarse.

Manolo Díaz estaba contento en Miami. Había cumplido 40 años el 5 de julio de 1981 cuando aterrizó para quedarse en la ciudad de Florida. Venía de tres años de entregarse a la tarea de ejecutivo con la intensidad de un debutante que quería demostrar su capacidad y la redención por el trabajo de la pena de un divorcio que le costaba aceptar ya que le alejaba de su hija de tres años. Para compensar, ese trienio había transcurrido en París, la ciudad novia para su generación. Se había domiciliado en tres apartamentos en distintos distritos y le había ido bien en los tres parises y en el trabajo, en la vida social y en la mezcla de ambas cosas de su tarea. Johnny Halliday, la máxima estrella del rock francés, que no grababa con su sello, le había invitado a su cumpleaños junto a, sólo, nueve personas más.

Cuando se ha visto llover tantos días fríos en París un ascenso en Miami puede ser atractivo. Había estado una vez, de trabajo, año y pico antes y al sentir el calor, ver las palmeras y a la gente practicando aquello llamado «jogging», él mismo salió a correr con un pantalón corto de un largo incorrecto y unas bambas (hoy «victoria») que no se parecían a las zapatillas deportivas del resto. Por aquel paseo, contemplando como a cámara lenta las melenas de las chicas ondear a la carrera, pensó: «Esta gente debería pagar más impuestos» y «algún día viviré aquí».

Ahora, a finales de 1981, vivía «aquí». Tenía su casa y su trabajo en Coral Gables, una ciudad residencial y comercial, con sus calles de nombres españoles: Oviedo Street, Barcelona Street, Madrid Street.

Aquí y ahora sonó el teléfono. Rose McVeigh, la chica que había conocido mes y medio antes en Seattle, le invitaba a acompañarle a una «fiesta de los quince», la puesta de largo de la sobrina de una amiga suya, también actriz, Ellen Beck, que iba a ir con su novio. Por supuesto, encantado, sí tengo «smoking».

La misma tarde de la fiesta reparó en que no tenía gemelos y los puños de la camisa para el «smoking» se los exigían. Telefoneó a Rose para que le sacara del apuro. Algún familiar le prestó a Rose unos pasadores para los puños y ella se los llevó a casa. Allí Manolo Díaz le hizo escuchar el elepé «Lorca vive», del grupo de «Aguaviva», creado y producido por él, y le regaló la edición de Aguilar de las obras completas del poeta granadino, un grueso volumen de papel biblia encuadernado en piel que, como para la ocasión, tenía repetido. Rose, que había estudiado teatro y canto en la University of Washington de Seattle, tenía una curiosidad ancha incluso para sus 23 años.

La fiesta fue en alguna parte, había un bufete y una pista de baile sobre la que aprendieron que las diferencias culturales transoceánicas pueden llegar hasta quién lleva a quién y que se salvan bailando hasta una hora imprecisa en la que la celebración termina y la pareja, él, de «smoking», ella, con un vestido largo blanco, sigue girando entre música atronadora y gente vestida informal en «Salvation», una discoteca de moda. Acompasaron los movimientos, los pensamientos, los sentimientos y, como eso fue lo valioso en los años que siguieron, Manolo Díaz no recuerda detalles, horas, ritmos, fase de la luna, temperatura ambiente, porque sólo es capaz de verse en lo que había sido el local del Ejército de Salvación del deprimido Down Town de Miami con una diosa entre los brazos.

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