TINO PERTIERRA
Se dejó seducir por un letrero de neón azul que anunciaba «Paraíso» a la salida de un pueblo llamado sospechosamente Dantes. Aparcó el coche, comprobó que sus ojos no tenían aspecto de fugitiva acorralada en el espejo retrovisor, se arregló un poco el pelo alborotado por la brisa que se había colado por la ventanilla bajada y salió con la sensación de abandonar una jaula en la que sentía muy cómoda. Entró en el bar de carretera convencida de que sería el centro de todas las miradas. Se equivocó. El local estaba vacío. Al otro lado de la barra no había nadie. Sólo se escuchaba el tintineo de una máquina tragaperras con motivos hollywoodienses y el rumor de un televisor de plasma gigantesco al fondo, invadido por el fútbol. ¿Fútbol y el bar vacío? No era tranquilizador pero no se asustó. Peores paisajes había visto como para inquietarse por un recinto fantasmagórico. Se acercó a la barra y se sentó en un taburete de plástico rojo. Miró la oferta de pinchos. La tortilla tenía un aspecto amenazador y un sandwich vegetal invitaba a pasar de largo. Pero tenía hambre y eso era prioritario. Su estómago tenía prioridad sobre sus ojos. Dejó las llaves sobre la barra con un golpe seco para que se escuchara bien. Y lo logró. Un hombre de cabeza rapada, perilla rojiza y corpachón vestido de cuero salió de la cocina limpiándose la boca con una servilleta. La miró como si tener clientes fuera contra sus intereses. Buenas noches, dijo ella, y él asintió sin abrir la boca. Una tónica bien fría y un pincho bien caliente, dijo ella. Se estropeó el microondas, replicó él. Mejor no entrar en debates, decidió ella, y señaló la tortilla cadavérica. El hombre gruñó algo ininteligible, le puso la tónica y el pincho y desapareció de nuevo en la cocina. Ella estuvo mirando la tónica y la tortilla un largo rato. De repente había perdido el apetito y una tristeza feroz la corroía. Atraigo despojos y vacío, pensó, y pagó la consumición y salió del «Paraíso» con los ojos abrasados por lágrimas extrañas.