TINO PERTIERRA
Anochecía cuando llegó al pueblo. Los ojos le picaban y el cuerpo le lanzaba inequívocos mensajes de alarma. Ya está bien, le decían sus piernas, queremos descansar. Tenía una excelente comunicación con ellas desde que dejó de bailar por culpa de aquel coche que la arrolló en un paso de cebra. Desde entonces no confiaba en que el resto del mundo respetase sus derechos. Su leve cojera se lo recordaba cuando sentía alguna tentación de cambiar de opinión. Aparcó el coche junto al pequeño hotel que presumía de tener conexión wifi en todas sus habitaciones, sacó el trolley del maletero con su vestuario imprescindible y entró en la recepción. Al otro lado del mostrador, una mujer joven de pelo rubio y ojos verdes la obsequió con una sonrisa plegable que no podía ocultar su cansancio. O quizá su aburrimiento. Puso su carné de identidad sobre el mármol y dijo que tenía una reserva. ¿Ha tenido buen viaje?, preguntó la recepcionista mientras tecleaba sus datos en un ordenador. Asintió, incapaz de convencer a su garganta para que hiciera el esfuerzo de responder. Por fortuna, su habitación estaba en la planta baja y no tuvo que superar escaleras. No se molestó en deshacer la maleta. Se tiró en plancha sobre la cama y hundió la cara en la colcha rugosa. Agotada. Rendida. Y desconcertada. La confusión de quien convierte el viaje en una fuga. Cerró los ojos y dejó que su mente se desvaneciera poco a poco, anestesiada por el hosco olor a ambientador que había en el cuarto. Cuando despertó, ya no estaba en la cama. ¿Cómo diablos había acabado en la alfombra sin enterarse? Le dolía todo el cuerpo. Sobre todo, las rodillas. Se levantó y se acercó a la ventana. Llovía y hacía sol. El contraste era agradable, lo consideró acogedor. Sacó la cabeza y dejó que su rostro se cubriera de gotas frescas y amistosas. Estaba muy lejos de casa, estaba a años luz de lo que fue su universo cotidiano, pero por primera vez en mucho tiempo no se sintió intrusa en su propia vida.