JAVIER CUERVO
Camino de la pequeña Santa Sofía, en la zona baja de Sultanahmet, bajando una calle de tierra pisada, con su reguero de desagüe por el medio, entre casas ruinosas donde páginas de periódico sustituían los cristales rotos, Pilar García Cuetos respondía con la mirada a la curiosidad de los niños, uniformados de pobres de la globalización con chándales disparejos y jerséis ajados, sonreía a las mujeres cubiertas por sus pañuelos de aldeanas, vestidas con camisas de flores, chalecos de punto grueso y faldas largas y observaba a los hombres, camisa y pantalón de tergal. Campesinos de Anatolia llegados a Estambul. Una niña enferma de polio tomaba el sol tibio tumbada en un sofá en plena calle.
Ese 8 de marzo de 2001 la profesora de Arte iba al frente de un grupo de 35 alumnos de la Universidad de Oviedo a los que iba a explicar, sobre el terreno, la mezquita estambulí. Buscando un edificio singular, acababa de toparse con la arquitectura de madera del Estambul polícromo del que había leído. Estaba allí, grisácea y estropeada, sin los colores vivos, sin el rojo agranatado, pero de pie, después de haber sobrevivido al terremoto de 1999 (ocho mil muertos) que el hormigón no resistió.
Bajo y dos plantas, tejados de dos aguas, ventanas en guillotina y celosías a la altura de la calle para mantener la intimidad de la casa, edificios similares que habían sido levantados para turcos, griegos, armenios, musulmanes, judíos, con distribución interior diferente según las costumbres de cada etnia. García Cuetos sentía que estaba descubriendo el gran patrimonio de Estambul sólo dos días después de que la impresionara el atardecer «National Geographic» entre Santa Sofía y la Mezquita Azul. Todo estaba resultando descubrimientos desde que se había reincorporado al trabajo después del año que le había plegado la vida en dos.
En 1999 Pilar había sacado la oposición de profesora titular de la Universidad. Después de cuatro años de concejala de Izquierda Unida, había dejado el Ayuntamiento de Langreo bastante desencantada de que el posibilismo hiciera imposible cualquier pequeño cambio. Con 40 años estaba estrenando situación y condiciones cuando le diagnosticaron una enfermedad grave, de largo tratamiento y de operaciones reconstructivas y aunque ni se deprimió, ni se culpó, ni se extrañó; aunque vivió la dolencia sin épica, sin mística y sin afán de ejemplaridad, no salió de ella intacta. Además de las cicatrices físicas, le quedó alguna psíquica: algo de inseguridad para volver a la vida normal.
A cambio, se había resituado: en su entorno supo quién estaba, quién no y quién no sabía cómo estar. De su inventario íntimo salió reconfortada al comprobar que sus errores hasta entonces no habían sido tan graves como para bajarse la vista ante el espejo.
Regresó a la vida corriente dispuesta a ver más cosas y cuando Miriam Andrés Eguiburu, una alumna gijonesa, le ofreció ir con un grupo de chicos y chicas de distintos cursos a Estambul en un viaje que estaban organizando, no dijo «no puedo» sino que pensó en lo poco que había viajado hasta entonces fuera de Europa. Se apuntó, organizó el itinerario y, sin saberlo, inauguró una actividad pedagógica en la que ha aprendido y enseñado.
Aquel 8 de marzo de 2001 los turistas asturianos se encontraron una reivindicación del Día Internacional de la Mujer que les resultó chocante, sobre todo después de que las chicas pasaran alguna vergüenza al tener que cubrirse la cabeza con un velo para que les permitieran entrar en una húmeda mezquita. Un despliegue policial y un buen grupo de ciudadanos vigilaban a un grupo de mujeres que, en la laica Turquía, se manifestaban por su derecho a decidir si llevaban o no pañuelo. Una adolescente logró explicarles que las jóvenes de clase media tenían que elegir entre su cultura tradicional (el velo) e ir a la Universidad (donde está prohibido) y que algunas recurrían a trucos como llevar peluca para cumplir con los dos preceptos.
Entre Oriente y Occidente y sobre una ciudad milenaria, capital de tres imperios, entre confusas diferencias, Pilar García Cuetos no se sintió extraña. En adelante, no se sentiría extraña en ninguna parte del mundo. Sus nuevos viajes le trajeron más conocimiento (las huellas de la guerra de Bosnia en el desfiladero del Neretva) y comprensión (la de la emigración en los pueblos de montaña del Atlas en Marruecos). También se le revolvieron un montón de criterios sobre la restauración del patrimonio por lo inaplicable del criterio occidental en otras partes del mundo, porque no es lo mismo trabajar sobre una arquitectura de piedra -distinguiendo lo nuevo de lo viejo, el original de la copia- que hacerlo sobre otra de madera o de barro, donde las piezas se reponen y lo que hace falta es mantener los oficios. Reflexiones que la han llevado a escribir «Humilde condición», un ensayo sobre la conservación el patrimonio cultural, que se editará muy pronto, cuando una parte de su autora cumple 10 años.