TINO PERTIERRA
La noche en la que ganó su primer premio literario, una mujer joven a la que nunca había visto se acercó a Juan y tras la fase de las felicitaciones le dijo: has triunfado escribiendo sobre el dolor, estás atrapado ya para el resto de tus libros. Días después había olvidado casi todas las palabras que le dijeron esa noche, pero las de aquella extraña sobrevivían en su mente. Un año después publicó su segunda novela. Había pretendido escribir una parodia muy en serio de esas novelas en las que alguien se despierta una mañana con un mensaje de su pareja en el que le dice adiós, ahí te quedas. Había intentado cargar las páginas con mucha munición de humor, ser sarcástico sobre la sentimentalidad y mordaz sobre las penas del corazón. Al poco de ver la luz, un escritor más o menos amigo al que le había enviado la novela, le mandó una larga carta que concluía así: «Has escrito sobre el dolor, no intentes esconderte».
Encaró la tercera novela con el propósito de dinamitar todos los lugares comunes, tópicos y convencionalismos que pueblan el cine romántico. Tomando como modelo «Casablanca», se inventó el personaje de un hombre derrotado que sobrevive a duras penas en su autoexilio, y luego lo puso en contacto con la primera y única mujer que amó, en un reencuentro tan imposible como inevitable. Jugó con las cartas marcadas de ese imaginario colectivo que el cine ha grapado al ser humano, arbitrariamente empeñado en reírse de aquello que tanto hizo llorar desde la pantalla. Pero su opinión, y sus intenciones, se vieron de pronto desbaratadas por la carta de un amable lector que, en pocas líneas, diseccionaba lo que él había escrito con una lucidez inquietante. «Su novela es un incómodo tratado del dolor», terminaba, «y no sé si eso me conforta o me asusta». Tres libros después, la palabra «dolor» seguía pegada a sus talones, como una sombra al acecho. Y recordó las palabras de aquella desconocida que parecía (re)conocerle: estás atrapado.