JAVIER CUERVO
La perdición de Juan Ramón García Secades está entre las páginas de una edición de Austral de un libro de Unamuno o ante el cine Palladium, de madrugada, charlando con Pepe Sánchez, un compañero de la escuela de Minas, ingenioso y algo mayor que él. Esté donde esté ese momento, el Juan Ramón de los 16 años que posa de perfil ante la estantería de su habitación con toda la corrección del alumno modélico, sobresaliente en sus calificaciones, aplicado en sus estudios y bueno en conducta se convirtió en un joven inquieto y un universitario regular, merced a las «malas» compañías y las «malas» lecturas.
Juan Ramón nació en la Colonia Santa Bárbara, muy cerca del matadero (hoy centro comercial Los Prados), hijo único de un ama de casa y de un obrero de la Fábrica de Armas de La Vega. Creció en un barrio lejano a orillas de la vía del tren. Estudió en el Colegio Hispania, laico y tolerante. En el colegio era un buen estudiante y en el barrio, jugaba al fútbol con los amigos. Los dos ambientes tenían incoherencias propias de mundos distintos y alejados.
De niño, Juan Ramón iba con Celestino, su padre, desde casa hasta la Fábrica de Armas en un camino que alternaba asfalto y barrizales, urbanizado desde la gasolinera de San Cristóbal. Cuando dejaba a su padre subía la cuesta de Martínez Vigil, cruzaba la Corrada del Obispo, plaza del Ayuntamiento, calle Magdalena y desembocaba en el Campillín, herido de guerra 25 años de paz después.
A partir de los 15 años, empezó a subir al centro con otros chavales del barrio, por delante del cuartel del Milán hasta el poste de gasolina, vía de Penetración (hoy alcalde García-Conde) y La Escandalera, donde chicos y chicas que se habían ido incorporando por el camino se dispersaban cada uno a su centro de estudio.
Aunque en el colegio no atosigaban con la religión y en casa no mostraban su descreimiento Juan Ramón apreció diferencias entre lo que se decía y se practicaba y fue haciéndose preguntas acerca de la forma de organizar la vida social y del miedo escaldado que notaba en casa cuando se mencionaba la palabra «política». Él se concentraba en estudiar porque era la carta a la que sus padres habían apostado todo para su único hijo. Como sacaba sus mejores notas en Matemáticas y en Física iba a ser ingeniero de Minas. Entonces una familia trabajadora no podía pedir más.
En 1965, Juan Ramón García Secades entró en la Escuela de Minas, puerta de acceso al Olimpo social y profesional, ataviado con americana, pantalón de vestir y corbata, como era preceptivo. Tardó ocho cursos en salir con su título, mucho más tiempo del que se esperaba de él a tenor de las notas conseguidas y de las maneras mostradas hasta entonces.
La carrera era dura pero, sobre todo, García Secades tenía que sacar del aparcamiento todas sus dudas, no quería ser un ingeniero ajeno a los conocimientos humanísticos y, además, leer «Triunfo», adentrarse en Unamuno, descubrir a jóvenes escritores hispanoamericanos como García Márquez y Vargas Llosa, ver cine italiano, francés y alemán y comentar los escritos de Ramón Tamames llevaba su tiempo. Sustituyó el estudio metódico por los «empolles» cocacolados de los últimos días, y la vida ordenada y diurna por las llegadas de madrugada. En casa creyeron que no se iba a lograr el ingeniero.
Lo que sucedía era que el chico modelo se sentía aniñado en el ambiente mundano de la Universidad y lo disimulaba aparentando precocidad y saliendo con gente algo mayor. Al fondo de El café de Alfonso, en la calle Palacio Valdés, a las dos de la mañana y a puerta cerrada, la tertulia de inquietos seguía su charla sobre ETA, sobre la Iglesia, sobre Fellini hasta que, a las tres, les despedían y el grupo se desperdigaba. Secades y Pepe Sánchez bajaban hacia la misma zona y encadenaban temas (religión) hasta que llegaban al portal de Pepe en General Elorza y entonces (política), «te acompaño hasta casa» y apalancaban en el portal en Teatinos (mujeres) «venga, te acompaño yo» (los padres) y así (casarse o no casarse) hasta cerca del amanecer.
Pasó por la carrera inquieto e informado, pero independiente. Sentado con el rector Virgili, Fernando Suárez (antes de formar parte del último gobierno de Franco) y Emilio Alarcos, Secades representó a los estudiantes del distrito en la junta de gobierno de la Universidad cree que porque al Partido Comunista no le interesó esa representación. Total, acabó la carrera en 1973. En los años siguientes en la empresa le consideraban un buen ingeniero, «pese a ser comunista».