TINO PERTIERRA
Bajó la ventanilla y dejó que la brisa de la mañana jugara con su pelo. Se sentía extrañamente animada, como poseída por una necesidad imperiosa de dejar atrás tantas cosas que hacer una lista negra con ellas sería perder el tiempo. Y ella quería ganarlo. Por una vez y para siempre. Conquistar, abandonar las renuncias que habían hecho de ella una prisionera de logros inútiles, de triunfos baldíos. La brisa empezaba a anunciar el otoño y seguramente no era la mejor compañía posible para sus bronquios castigados por los malos humos pero estaba dispuesta a correr el riesgo con tal de disfrutar de una sensación de libertad que no probaba desde los lejanos tiempos en los que iba en moto a la facultad y se creía la mujer más ilusionada del mundo porque creía tener un sueño claro y bien definido. No hay peor golpe que descubrir que ese sueño, un día, se ha desvanecido. Pero el recuerdo de su piel azotada por el frío de la Ciudad Universitaria era una de las pocas cosas de las que no deseaba desprenderse. ¿Era posible recuperar lo mejor de su pasado? ¿Estaba al alcance de su mano reconstruir el puente que se había derrumbado a sus espaldas para salvar del abismo la persona que fue antes de convertirse en lo que no deseaba ser?
La cinta de la carretera empezó a mojarse con una llovizna lenta y sesgada que llenó el parabrisas de gotas de mercurio desgajadas por el aire. Subió la ventanilla y encendió las luces para atravesar una pared de niebla que se había levantado de repente ante sus ojos. Se sintió cómoda en ese paisaje borroso, acorde con su propio estado de ánimo. Recordó aquella vez en que, siendo una niña, se perdió en un bosque amortajado por la niebla. Se sentó bajo un árbol, se abrazó a sí misma y cerró los ojos, convencida de que sus padres la encontrarían tarde o temprano. No tengo miedo, se repitió a sí misma durante las 5 horas que estuvo sola, temblando de frío y congoja. No tengo miedo, dijo mientras el coche perforaba la niebla.