La Felguera, Mario D. BRAÑA
Después de 46 años dedicado al patinaje, el Padre Valdés ha constatado la vigencia de una máxima que preside su vida: «Los títulos quedan en el recuerdo, lo que permanece son las personas». En eso, en conservar el cariño de la gente, este cura dominico es un campeón. La mayoría de sus discípulos siguen acordándose de él. Le agradecen su entrega desinteresada, incluso su alto nivel de exigencia, clave para que sus alumnos progresaran en las aulas y sus jugadores en las canchas.
José Luis Álvarez Valdés (Congostinas, Lena, 25-4-1936) descubrió los patines ya mayorcito, con 22 años, cuando estudiaba en Salamanca. «Había jugado al fútbol y al baloncesto, pero me aburría», explica Valdés, que encontró en el hockey su pasión. Formó parte del Club Juventus y cinco años después, cuando le destinaron a Oviedo, volcó su experiencia en el Colegio de los Dominicos.
«Cuando llegué, en 1963, estaban construyendo la pista de hockey y el padre Fermín me encomendó el equipo infantil». Ahí empieza la leyenda, con una primera hornada en la que estaban jugadores como Javier Veiga o Sobejano. «El primer partido lo perdimos por 10-1, pero al año siguiente ya fuimos campeones de Asturias». El salto al ruedo nacional también pasó por una etapa de aprendizaje, pese a que Valdés ya contaba con Juan Alberto, que después sería el primer internacional no catalán del hockey español: «En el primer Campeonato de España, el Barcino nos metió un 9-1 y Juan Alberto acabó llorando, convencido de que no sabían patinar».
Valdés, de acuerdo con su jugador, puso manos a la obra: «En la siguiente temporada les metí kilómetros y kilómetros de patinaje». Mano de santo. El Santo Domingo dominó el hockey asturiano y empezó a pintarles la cara a los equipos catalanes. El subcampeonato de España de 1967 fue el primero de una larga lista de éxitos, aunque con un «pecadillo», confesable tantos años después: «Metimos un jugador camuflado, con 14 años, Javier Veiga, que acabó como máximo goleador».
Todo eso, en unas condiciones tan precarias como se puedan imaginar de aquellos tiempos. «Fuimos hasta Barcelona en un 850 y un taxi, durmiendo a la ida y la vuelta en un camping de Huesca». El primer título de España, en 1969, fue «premiado» por la dirección del colegio con la supresión de los equipos federados con un argumento que no compartía el Padre Valdés: «Decían que los chavales sólo se preocupaban de jugar y no estudiaban».
Fueron años de muchas incomprensiones, «pero no pudieron conmigo», advierte Valdés, que buscó refugio en el Real Oviedo para seguir con su trabajo de formación y con su colección de éxitos. La primera generación de sus chicos fue la base del mejor Cibeles de la historia y, con la hornada siguiente, forjó el Club Patín Santo Domingo, independiente del colegio. Hasta que en 1990, 27 años después de su llegada, se recorrió el camino contrario: «Me destinaron a La Felguera y lo primero que hicieron en Oviedo fue quitar las farolas de la pista del colegio».
En su nuevo destino también sembró la semilla del hockey, aunque su nombramiento como director en 1991 le obligó a atender demasiados frentes hasta el año pasado, cuando Valdés volvió calzarse los patines para enseñar a nueve niños. Nadie mejor que él, por tanto, para hablar sobre la relación del deporte y el estudio: «Hay que educar para el tiempo libre. El deporte es importante, sobre todo el de equipo porque fomenta el esfuerzo, el compañerismo y la disciplina».
«Son virtudes que hacen madurar a las personas», recalca Valdés, en condiciones de poner numerosos ejemplos: «He tenido jugadores con tendencia a descarriarse, a los que el deporte les ayudó a ser personas de provecho». Gracias, también, a personas como él, aunque prefiere ser modesto: «Mi mayor mérito fue la constancia. Ganar un título es muy agradable, pero se pierde en el tiempo. Lo que perdura es la persona y la amistad».