TINO PERTIERRA
El profesor miró a sus alumnos en silencio durante unos instantes antes de hablar con voz queda. «El escritor», dijo, «es, entre otras muchas profesiones de riesgo, un espía, y como tal debe comportarse sin rubor, ni mala conciencia ni más abstinencia que la exigida por un irrenunciable respeto a la intimidad ajena. Primero debéis conectar las antenas, elegir a unos desconocidos con los que os crucéis y escuchar lo que dicen. Sin apuntar: hay que darle musculatura a la memoria de corto alcance. Y después, volcarlo en el papel, intentando respetar el tono, las muletillas, la música de la voz ajena. No se trata de inventar lo que otros podrían decir, sino de trasladar lo más fielmente posible lo que dicen. Después, quiero que elijáis un lugar al que vayáis o por el que transitéis habitualmente: una parada de autobús, una cafetería, la oficina, el aula, la panadería, el súper, el tren, el banco... Sacáis la libreta y apuntáis lo que veis, lo que oís, lo que oléis, lo que sentís: los colores, los materiales, las texturas, la iluminación, el polvo, la ropa de la gente, la piel de la gente, sus tics, sus voces, sus miradas... ¡Los sonidos! Con los cinco sentidos en estado de alerta, miráis con otros ojos un paisaje habitual, unos rostros a los que no soléis prestar atención. Hay muchos gérmenes de historias ahí, pero de momento lo que interesa es acumular información, como si fuerais cámaras de seguridad que registran desapasionadamente lo que capturan. Ver, escuchar, tocar, oler, saborear incluso en determinados casos. Sentir: para escribir primero hay que sentir. Y por último haréis zoom con la mirada a una persona. Alguien a quien estéis tan acostumbrados a ver que ya no os fijéis en él. Puede ser un familiar, un amigo, un compañero, un viajero de autobús, un vecino, un profesor... Se trata de retratarlo en lo que os llame la atención: su vestimenta, su piel, su mirada, sus gestos, su voz, sus arrugas o sus lunares, su forma de caminar, su dentadura... Sois espías. No lo olvidéis».