JAVIER MORÁN
El retorno masivo de anglicanos a la obediencia de Roma constituye un hecho de incalculables consecuencias, pero cuya evolución podría vislumbrarse del siguiente modo. En el mapa mundial de las creencias, el anglicanismo sufrirá un descenso que algunos estiman en el 10 o el 20 por ciento -tal vez mayor-, y muchos de sus fieles retornarán al catolicismo. Por tanto, la Comunión Anglicana quedará definida como una iglesia de carácter muy progresista, pero también muy fragmentada, pues existen comunidades que aceptan la ordenación episcopal de mujeres, pero no de homosexuales, por ejemplo. Por tanto, seguirá existiendo el anglicanismo, y con varias corrientes internas, pues ahora mismo dentro de las últimas reformas de la Comunión Anglicana se están generando nuevas reformas, o escisiones cuyos fieles jamás volverán a Roma. El propio primado anglicano, Rowan Williams, da por bueno este diseño fragmentario de iglesia. Desde categorías latinas -y no anglosajonas- esto resulta incomprensible. La romanidad es un grado, y la fuerza del catolicismo reside principalmente en que todos sus fieles aceptan la primacía de jurisdicción y doctrinal del Papa. Pero el contraste entre ambas concepciones resulta ciertamente interesante.