TINO PERTIERRA
Los olores. Un pasaporte a su infancia. Su costumbre de asociar los colores a los aromas errantes seguía intacta. La ciudad no era un buen paisaje para disfrutar de ella pero, metida en un postal a esas horas quieta y acogedora de prados y caminos de piedra, podía recuperar ese placer infantil, ese pasatiempo con el que había matado tantas horas mientras caminaba sobre la yerba en verano, atrapada por el encanto imperturbable de la tierra arañada y las maderas desterradas. Unía el verde a la brisa cargada de abono, el amarillo al aire lleno de yerba seca, el azul al barro donde su primo Jairo despanzurraba crías de rana con ceñuda indiferencia. Ponía juntos el rojo y el perfume del pan recién hecho por su abuela en la casa del horno, y el marrón al olor intenso y manso de las vacas con las que charlaba al anochecer contándoles sus cosas, convencida de que la hacían caso. Las únicas que prestaban atención a sus fantasías y no se reían de sus sueños.
Pisó la yerba que rodeaba la casa desplomada y, al hacerlo, se sintió invadida por olores que la colorearon por dentro, y al mirar los restos de la habitación donde dormía viajó durante un instante fugaz e inolvidable a aquellas noches de insomnio en las que daba vueltas y vueltas y más vueltas a los cuentos de miedo que su abuelo contaba al calor de la cocina de leña. El olor gris de las cenizas. La yerba borraba todo pero aún no había conseguido trepar hasta la esquina de la habitación en la que ella había escrito con su pequeño cortaplumas una palabra: «Blanco». El silencio era blanco, una nevada cálida que la hacía desaparecer bajo las sábanas, aturdida por el escalofrío aún de las historias de terror, pero cómoda con esa sensación indescriptible de inocencia, ilusión y desconfianza. Blanco. Su vida se había desprendido poco a poco de todos los olores para convertirse en un único olor. Blanco. El pasado se había vuelto presente y podía olerlo, abandonada en las ruinas de una casa donde fue tan desdichadamente feliz.