J. C. GEA
Aunque suene poco verosímil en términos cromáticos, el rojiblanco vivo resalta más sobre fondo blanco. Salvo el azul Oviedo -que se lleva a bofetadas con el rojo y lo exacerba -, el color que más exalta la pasión sportinguista es el blanco merengue. Y lo de ayer fue una prueba más de ese principio, tan extraño en física y tan verosímil en futbolística. El seminuevo Molinón se llenó hasta los bordes e hirvió con esa levadura extraña que provocan los gigantes de la Liga en las aficiones periféricas, de manera que cuando juegan en casa de uno se junta la devoción por los colores propios y la admiración reverencial o el odio partisano que sólo pueden suscitar lo merengue o lo azulgrana (o, en este caso, el azul a solas, está dicho). Pero la verdadera fuente oscura que es capaz de hacer que un ciudadano en mitad de la sima de esta crisis suelte, como poco, 90 pavos por hora y media de agitación extrema es, en realidad, como sostenía Alan Alda en aquella deliciosa comedia de los ochenta, "Dulce libertad", el desacato a la autoridad en cualquiera de sus versiones. En este caso, la humillación del emperador a manos de una tribu en el finisterre del imperio.
El cielo, como para acogotar, se puso blanco panza-de-burro desde mediodía, pero el rojiblanco empezó a dejarse entrever desde bien temprano. Flecos debajo de algún chubasquero, medio collar de bufanda acalorando las nucas, una mochila, una camiseta: vapor sportinguista que empezó a condensarse en las primeras gotas a primera hora de la tarde y que a las siete desfilaba ya hacia el circo máximo en regatos cada vez más densos hasta formar mareona. Es de suponer que este caldo primigenio del espíritu local traía disuelta una importante cantidad del otro caldo primigenio del espíritu local bombeado por la campaña "Gijón de sidras" (que, como virtud añadida, seguramente dejó algún desarreglo intestinal entre la inexperta hinchada madridista).
Y la verdad, ver a la mareona inundar su casa madre es un espectáculo en tardes como la de ayer. Si los visitantes no ingresasen en los vestuarios mucho antes y en condiciones de asepsia casi absoluta, tendrían la sensación de estar metiéndose en la boca del lobo: se acojonarían, vamos. Incluso ante las pequeñas crías de playo, que en muchos casos llegaban ayer cogidos de la mano de la parentela para ver su primer Madrid, o incluso para debutar en el "sancta sanctorum", flipando con los petardos, la bulla y el aspecto irreal del césped de un estadio bendecido por los focos (mi propia hija me reprochó no haberle hecho ayer su bautismo sportinguista, pero sospecho que tiene más que ver con la planta de algunos divos merengues que con la genuina pasión futbolística).
La imagen de la emboscada cilúrniga la redondeaba un gaitero de cabellos ensortijados que emergió del aparcamiento como salido de una versión local de "Braveheart". Aunque su gaita quedó sepultada por la galerna cuando el Madrid saltó al césped. Eso sí es un himno de batalla.Un jersey extraviado por algún crío y extendido sobre el murete del parque de Isabel la Católica parecía un exvoto prometido a los dioses, y las camisetas de los tendejones, al trasluz, pellejos de los enemigos puestos a curar al oreo.
Cuando las últimas olas de la mareona hubieron entrado por fin en El Molinón, al que no soltó los 90 pavos le quedó, de nuevo, tirar de la opción "Gijón de sidras". Mucha corrió en los chigres, a reventar de familias mientras se resolvió el Manolo-contra-Manolo. En la primera parte, trasegada con confianza y alegría; en la segunda, a sorbos cortos y engullida con el caño estrecho. Aunque al final de la agonía, el reparto de puntos justificó una ronda extra con la tapa de la casa. Un Sporting que no sale goleado en un trance así, ya no es un Sporting convaleciente de Segunda. Y, sobre todo, un emperador que no humilla es un emperador humillado.